miércoles, 28 de diciembre de 2011

Coma.













Una tenue calma se respiraba en la sala; amplia, siempre limpia y aireada, a media luz. La música y el incienso suavizaban el ambiente protegiéndolo de energías extrañas. Era un buen lugar para estar en coma. 

       Como cada día, a la hora habitual, el Dr. Perkins comenzó su ronda vespertina seguido del séquito de pupilos que revoloteaban a su alrededor tomando notas en respetuoso silencio. En la sección de recién llegados se dispuso a seguir el peculiar protocolo de diagnosis que levantara tanto revuelo y le hiciera tan popular en su momento: se acerca con suavidad al paciente y durante unos instantes olisquea su coronilla reconociendo su estado mental. Después, apoyando apenas sus manos sobre el corazón, comprueba el estado de las emociones. En las rodillas explora los miedos y posando sus manos en la planta de los pies determina el apego que el paciente le tiene aún a la vida. Siempre se refiere a ellos por el nombre de pila y durante todo el proceso se abstrae profundamente, respirando lento, con los ojos suavemente cerrados.

       Tras revisar al primer paciente, como saliendo de un trance, comentó a media voz:

       —Bien, tenemos aquí un típico caso de coma convencional. Lorenzo se ha tomado un descanso de la vida, una suerte de paréntesis. Eso es todo. Animen a sus visitas a que le hablen amorosamente. El paciente oye, entiende, siente y es muy probable que al despertar lo recuerde todo. Volverá cuando esté listo. 

       Se despidió de Lorenzo acariciando su frente con ternura y se acercó a la cama contigua. Esta vez se tomó más tiempo antes de hablar y repitió la diagnosis yendo varias veces de la coronilla a las rodillas y a la planta de los pies.

       —Interesante… —dijo bajando el tono, como hablándose a sí mismo—. El caso de Lucía no es un coma propiamente dicho. Es un punto y seguido. Aquí no hay descanso, hay angustia. Por algún motivo todo se ha detenido bruscamente. Sus asuntos están aún sin resolver. Palpen sus rodillas. La paciente tiene miedo, siente vértigo,... algo así como unos puntos suspensivos sin nada detrás. Requiere nuestra máxima atención. Supervisaré personalmente las visitas y su evolución. Que alguien tome su mano en todo momento. Hay que calmar esa tormenta interior. 

       Se demoró todavía un rato con las manos sobre el abdomen de la mujer antes de dirigirse al último recién llegado. No tardó en dar su diagnóstico.

       —Manuel está en paz —dijo con su mano sobre el hombro del paciente—. Es un punto y final. Ha resuelto ya todos sus asuntos terrenales. Permanecerá en este estado hasta que decida dar el último salto. No va a volver. Si tocan sus pies verán que está ya muy lejos de aquí… en algún lugar acogedor, diría yo. Buen viaje, amigo —susurró cabeceando con una sonrisa en los labios.

       Despidió a sus estudiantes dando las últimas instrucciones y se acercó después a la cama de Lucía. Tomó dulcemente su mano, cerró los ojos y frunció levemente el ceño. Hoy pasaría la noche con ella.



A Manuel (1972—2010).  Buen viaje...

martes, 6 de diciembre de 2011

Desvelos.


















Despertó en mitad de la noche alarmado por el eco de un silencio. Luego, afinando un poco el oído, percibió el tum-tum de un corazón ajeno, distante y prójimo, forastero, inusual. Trató de verse las manos, los ojos, luego la espalda. Fracasó.

       Sintió su ser diferente y cierto sabor a hiel. Se enderezó en el lecho.

       —Ayer yo era un árbol —dijo como para sí, moviendo un poco las piernas, y al desconocer su voz se asustó tranquilamente.

       Se levantó de un brinco, despacio, y rozando con sus alas las paredes húmedas, pisando insectos, no encontró ventana alguna pero se asomó a mirar.

       —Ah, eso era todo —susurró entonces como más calmado—, están lloviendo hombres con paraguas.

       Luego volvió a despertarse… o a dormirse, que casi siempre es igual.
 

jueves, 30 de junio de 2011

Piratas.

















     Hacía años que no le ocurría. Había olvidado ya cómo era eso de soñar sin anuncios. Aquella noche, sin embargo, tuvo un sueño como los de antes, sin interrupciones para la publicidad. Al amanecer despertó descansado, un tanto perplejo,… algo así como feliz.

     Mientras preparaba el té para el desayuno llamaron a su puerta. Entonces empezó todo.

     Dos agentes del Ministerio de Cultura, Control y Seguimiento (M.C.C.S.), luciendo el bigotito oficial y vestidos de negro enterizo, le hicieron entrega de la denuncia correspondiente.
      —Ha violado usted la Ley de Protección de Derechos de Autor en su artículo tercero barra cincuenta y cuatro bis, así como la Ley de Consumo Supervisado en su sección tercera, artículo setenta y dos barra uno, uno, siete, cuatro, tres, seis, barra cuarenta y siete b. En estos momentos le está siendo retirada de su cuenta corriente personal la cantidad correspondiente a la sanción asociada a dichas faltas. Así mismo deberá usted presentarse mañana a las 11:33 horas en las instalaciones del M.C.C.S. para cumplir con el proceso de reeducación personalizada aconsejado en estos casos. Si tiene alguna declaración que hacer o no está de acuerdo con la anterior información, deberá acompañarnos inmediatamente a las instalaciones del M.C.C.S. para formular la correspondiente reclamación, previo pago de las costas que dichas gestiones generarán al citado Ministerio. ¿Ha entendido bien todo lo que se le ha dicho? —y sin darle tiempo a contestar, concluyeron: –Muchas gracias por su atención, que tenga un buen día. Velamos por su bienestar —y desaparecieron dando un portazo.
 
     Se quedó allí un buen rato con la denuncia en la mano como una estatua de sal, mirando la puerta cerrada sin dar crédito a lo que acababa de ocurrirle. Luego, como rompiendo el hechizo, dijo por fin “¡Malditos hijos de puta!” a lo que la voz metálica del ordenador central de la casa contestó “Modere su lenguaje, Sr Sánchez, que tenga un buen día. Velamos por su bienestar”.

     Por la noche, cambiando de postura entre las sábanas revueltas, no era capaz de conciliar el sueño. Temía volver a cometer alguna incorrección si se dormía. Cuando el cansancio le venció al fin, soñó que se conectaba a internet y se descargaba ilegalmente una tripulación entera de corsarios sin permiso de residencia o licencia de saqueador alguna, es decir, exactamente ciento treinta y cinco piratas piratas de parche en el ojo, loro en el hombro y pata de palo, sin registro o copyright en curso.

     Armados hasta los dientes, con un estruendo de naufragio, asaltaron el Ministerio de Cultura, Control y Seguimiento saqueando a su paso despachos y despechos, copiando canciones, quemando cd´s, pirateando películas y reproduciendo, total o parcialmente, libros, cuentos y novelas sin permiso del editor. Liberaron a treinta creadores de las jaulas de sus contratos, se bebieron de un trago los derechos reservados, practicaron su puntería con la propiedad intelectual y arrojaron por la borda, atados de lengua y pluma, a siete funcionarios de bigotito oficial, zapatos de cadáver y traje de enterrador, dejándolos a merced de los tiburones, que esperaban cuatro plantas más abajo en un bufete de abogados sito en el mismo edificio.

     Acabada la rapiña los vio alejarse bajo la lluvia, cantando en francachela, compartiendo la satisfacción del deber cumplido, celebrando alegres las delicias de un trabajo bien hecho.

     Entonces despertó sobresaltado. Se frotó los ojos aún medio dormido y miró el reloj. Aún no amanecía. Un escalofrío recorrió su espalda. En el silencio de la madrugada, alguien vociferaba su nombre mientras golpeaba la puerta con el puño.
 

domingo, 15 de mayo de 2011

El viajero.























 
     No podía evitarlo. Simplemente sucedía. De pronto saltaba en el tiempo, se esfumaba de su presente durante unos minutos y aparecía aleatoriamente en cualquier instante pasado o futuro, en cualquier lugar.

     Al principio los saltos duraban apenas un santiamén. Le dejaban perplejo, como atarantado, sin saber muy bien qué le había sucedido. Tardó en reconocer los síntomas que anticipaban cada traslación pero con el tiempo fue entendiendo los mecanismos de su excéntrica naturaleza y llegó a tener una vida más o menos convencional, aunque sus desapariciones le complicaran a veces la existencia. Otros tienen caspa… –solía comentar. 

     A cambio, estuvo en lugares y momentos que nadie había visto ni viviría jamás. Pudo, por ejemplo, asistir a su propio parto y conoció la Tierra doscientos años después de la desaparición del último ser humano. ¡Vaya! –pensó entonces– no hemos sido nada.  

     En otra ocasión se encontró consigo mismo veinte años más joven y estuvo tentado de prevenirse sobre las elecciones que le harían sufrir en el pasado que le esperaba, pero algo le dijo que era mejor dejar las cosas como estaban y se limitó a darse un largo y silencioso abrazo. Tranquilo –se dijo quedamente–, todo va a estar bien. Yo ya he estado allí –y se esfumó, regresando a su presente.

     Pero quizás lo más apasionante que le ocurriera jamás, fue aquella vez que saltó más allá de su propia muerte. Después ya no hubo miedos, ni dudas. Sólo paz. 

jueves, 5 de mayo de 2011

La Era del Hombre.
















     Cuenta el cuento que hace mucho mucho tiempo, antes de que el mundo fuera como lo conocemos, los hombres compartían su existencia con otros seres que habitaban las eras por derecho propio.

     Eran los tiempos en que los dioses perdían al dominó con los gigantes y los elfos se encargaban de mantener el equilibrio de todas las cosas. Las hadas eran entonces mensajeras de buenos augurios entre los reinos de la vida y la muerte, los gnomos arbitraban en las leyes naturales y las sirenas hacían las veces de guía en las difusas fronteras de lo real y lo inventado.

     Nadie recuerda cómo fue que unos seres con tan poca enjundia y tan escaso saber como los humanos, fueron tomando parte y voz en asuntos y aconteceres que estaban muy lejos de poder manejar. El caso es que el mundo, los días y la existencia misma, empezaron a perder la memoria, el cabello y la razón, y los magos anunciaron el final de los tiempos y la llegada de la Edad del Hombre.

     Los moradores de aquellas tierras fueron adquiriendo poco a poco la textura de los sueños y hubo quienes habitaron desde entonces en odas, mitos y leyendas en espera de tiempos mejores. Otros se ocultaron para siempre en lo más recóndito de bosques, océanos, cuentos y montañas, mientras los dioses, ya enfermizos, daban lugar a las religiones.

     Dicen que las criaturas más intrépidas se camuflaron en los circos, donde adoptaron oficios e identidades que les permitieron seguir existiendo a cambio de vivir vidas errantes en un mundo inane, donde ya nada es lo que era ni parece lo que es.

     Así, los payasos, que en otros tiempos fueron confundidos con los ángeles, se vistieron con grotescas ropas y ocultaron sus rostros tras máscaras tristes que hacían reír a los hombres y llorar a los niños. Cuenta la leyenda que antes de entrar en los circos, los payasos fueron personajes respetados como guardianes del saber sublime que lleva a la felicidad y que tenían la misión de procurar el despertar espiritual y la lucidez en aquellos individuos que les eran asignados. Entonces se encargaban, no de hacer reír, sino de recordar a la gente olvidadiza cómo se hacía para ser feliz.

     Hay quien dice que aún conservan aquel saber y que siguen guardando a buen recaudo los mapas secretos de los rumbos invisibles y los senderos inciertos que conducen inequívocamente a la felicidad. A una felicidad que aún parece lo que es y que es aún lo que era. Es por eso que se ríen. O que lloran, que para el caso… es lo mismo.

     Todo esto cuenta el cuento y muchísimas más cosas. Pero, ¡Bah…! ¿quién puede creer aún en cuentos en la Era de los Hombres? 
 

martes, 26 de abril de 2011

Cuentos de Amador.





















     Tuvo desde muy chiquito una inclinación natural por vivir que espantó a sus padres y desconcertó a las autoridades escolares. Aprendía con hambre de náufrago y obtuvo siempre las mejores calificaciones, aunque compadreaba con lo peor de cada clase, aprendiendo también en la escuela de la vida. “Ya no sabemos qué hacer con él. Participa en todas las bataholas y si en alguna falta es porque lidera otra mayor o está conspirando en algún dislate mayúsculo. A este chico parece que se le esté acabando siempre el tiempo.” –le dijo un día el maestro a su madre, que en su sencillez no supo dilucidar entre tanta palabra culta si aquello era digno de elogio o de castigo. Para no equivocarse le cayó al chamaco a los cogotazos y luego a los besos, lo sacó de la escuela y lo metió de monaguillo confiándole su educación y su cuidado al viejo párroco del pueblo.

     Amador se tomó aquel nuevo mundo de misterios impuestos e hipocresías innombrables con el mismo buen humor con el que estudiara en su momento las tablas de multiplicar, y devoró las Escrituras con la misma pasión con la que leía en secreto a Copérnico o a Poe. El padre Anselmo intentó durante años meterle en vereda y sacarle a bastonazos aquellas insultantes ganas de vivir. Soportó estoicamente a aquel imberbe indomable que le derrotaba sin proponérselo en debates teológicos que hacían que se tambaleara su propia fe, hasta que un miércoles de ceniza se le descolgó con una blasfemia que hizo al cura recular boqueando al sentir como nunca el aliento del diablo en la cara:

-Dios no está en las iglesias, Padre. Dios está en la vida. Me lo imagino más en las tabernas que entre tanto muñeco de cera.

     Después de aquello, Amador no volvió a pisar una iglesia. Lo apadrinó el Licenciado Villuelas, boticario, veterinario y comunista a partes iguales, con quien aprendió los rudimentos de la sanación y estudió en profundidad las obras completas de Carlos Marx y Federico Engels. Acompañando al doctor, conoció las mejores haciendas y las más humildes periferias, y con el tiempo los vecinos empezaron a reclamar sus consejos igual para el parto difícil de una vaca que para mediar en el reparto justo de una herencia. Abrió una escuelita donde enseñaba a leer y escribir a los muchachos descarriados mientras plantaba en ellos la semilla de la inquietud por la vida. Estuvo preso cuando la huelga de los mineros y lideró la reconstrucción del pueblo cuando llegaron las grandes inundaciones. Cantó con su guitarra en todas las bodas y supo dar consuelo en los funerales. Jugaba al dominó con el sargento Meléndez pero no se calló nunca su opinión: “después de los curas, son ustedes el peor invento del ser humano. Sin ejércitos no habría guerras. Es así de sencillo, mi estimado amigo”. Se le conocieron mil amores de parranda y sólo una compañera. Nunca se sintió solo ni demasiado acompañado y la única enfermedad que nunca llegó a comprender fue el aburrimiento.

-La vida es un regalo al que no hay que buscarle sentidos ni razones. A la vida hay que agradecerle todo, aceptarle los misterios y hacerle el amor sin preguntar –le decía a quien quisiera escucharle.

     En sus momentos más tristes, en los tiempos de sus penas grandes, se le podía encontrar en las tabernas pagando rondas de ron e invitando a todos los parroquianos a brindar con él por la tristeza. “¡Si duele es que estamos vivos!” proclamaba entre trago y trago abrazando igual a putas que a borrachos.

     El día en que enterró a su madre se le oyó decir “necesito ver más mundo” y esa misma noche se fue con una muda limpia y dos panes bajo el brazo, dejando al pueblo algo así como huérfano. Sin él las estaciones pasaron como de puntillas y hasta las putas parecían más tristes. Tardó doce años en volver, y volvió más fuerte, como más joven y tranquilo, como si el tiempo hubiera caminado hacia atrás en su viaje. Traía los brazos garabateados de tatuajes y de la mano a una gitana de ojos grandes que leía las mentes y adivinaba los afanes ocultos. Ella fue su compañera inseparable hasta que una noche sin luna, siguiendo el rumbo de los anhelos de zíngara que los vientos del norte movían en sus ámbitos más íntimos, dejó la aldea para siempre por el camino que daba a los bosques.

     Al día siguiente, Amador miró el pueblo y lo encontró sumido en una sorda rutina que lo cubría todo como una pátina milenaria. Reunió a los hombres a los que enseñara a leer siendo aún unos mocosos pendencieros de flequillo despeinado, les riñó por su falta de ánimo, y juntos pintaron de blanco todas las fachadas y plantaron árboles en las avenidas, dándole al pueblo otra vez aquel impulso vital que Amador llevó siempre consigo allá donde sus pasos le guiaron.

     Una tarde de agosto alguien le preguntó “Y qué… ¿cómo es el mundo?”. “Inabarcable” –contestó –“está lleno de instantes”.

     Cuenta el cuento que al final, cuando la muerte vino a tocarle el pecho con el dedo corazón, que es como la muerte te saca la vida, él la agarró por la cintura y le hizo el amor en su cama. Dicen que así, antes de morir, Amador plantó en el vientre de la muerte la semilla de la vida. 

viernes, 22 de abril de 2011

Inusual.




















     Había algo melancólico flotando en la tarde. Llovía de medio lado. El viento despeinaba los árboles que mecían sus ramas con desgana como diciendo hola o adiós, mientras la bruma dibujaba en el aire signos de interrogación. Sin embargo, ella sonreía. Cruzó su jardín con pasitos cortos, inseguros, hasta llegar al buzón. No hubo sorpresas. Al abrirlo encontró un sobre negro, sin sellos, remitente o dirección alguna. Sólo su nombre escrito en letras blancas,… como cada miércoles. 
 

     Recogió el sobre con mimo protegiéndolo de la lluvia y dejó en el buzón otro igualmente sin sellar y cuyo único distintivo era un asterisco pintado a mano, como despeinado también por el viento. Como cada miércoles.

     El ritual se cumplía desde hacía décadas. Ninguno de los dos recordaba ya cómo empezó aquel amor tan insólito, aquel cartearse sin conocerse, aquel quererse por intuición. Se desconocían del todo y se sabían de memoria. Les separaban dos océanos y un cambio de hora y se amaban de esa forma tan suya… tan inusual. A veces, en sus cartas, discutían sobre quién encontró a quién, quién escribió primero o cómo fue que empezó todo. Se contaban sus risas, sus vidas y sus amores, esperando la oportunidad de conocerse al fin de una forma más patente, más convencional, si se quiere… más real. Se prometieron besarse algún día y sellaron el pacto de ser felices mientras tanto.

-Este cartearse de ustedes le da sentido a mis miércoles. Ya nadie escribe cartas. Si acaso facturas de la luz y apenas algún aviso preñado de malos agüeros –le decía Pablo cada semana y desparecía en su moto de cartero dejando siempre en el aire un poema o una canción.

     Cumpliendo aquel pacto de amor, tuvo una vida plena y feliz, tres maridos, siete hijos y un gato. Se negó siempre a abandonar aquella su casita con jardín, con la secreta intención de estar siempre dispuesta para recibir, llegado el momento, la visita inconfesable que nunca dejó de esperar.

     A base de años, vida y aconteceres, se le fue desbaratando la percepción normal de las cosas. Organizaba tardes de café, dominó y licor con invitados improbables, sentando alrededor de la misma mesa camilla a personajes históricos o inventados, familiares muertos hacía años y otros aún por nacer, junto con espectros forasteros que se sumaban a la velada siempre a última hora. Encontraba sus calcetines bien dobladitos en la nevera, la comida del gato en su taza de té y se sorprendía de pronto paradita a los pies de la cama sin saber si acababa de levantarse o es que se iba a acostar. Y entonces, se asustó.

     Le dio miedo no reconocer a su amor inusual el día que por fin apareciera y, en un momento de lucidez, se colgó del cuello un cartelito a modo de recordatorio que reposó para siempre en su pecho y decía así:

“Besar al señor del sombrero que aparecerá un día en el jardín con un asterisco prendido en la solapa”.

     Aquella tarde de lluvia despeinada, se dispuso a disfrutar de la carta de su amante anónimo como hiciera la primera vez, sentada junto a la chimenea con su gato en el regazo, como cada miércoles. Fuera, el viento y la bruma dibujaban un asterisco en el aire mientras unos pasos inciertos se acercaban a su jardín tras recorrer incansables dos océanos y un cambio de hora. 

martes, 12 de abril de 2011

Las muchas muertes de Kum* el payaso.















 Aquella tarde lluviosa campaba en la habitación un tumulto contenido de suspiros, ruido de sillas y abrazos. Todos sus seres queridos se habían reunido alrededor de su cama. Un suave movimiento de su mano instaló en el aire unos puntos suspensivos…

—Hay algo que quiero deciros… antes de irme —dijo entonces y detuvo con un gesto las protestas de alguno de los presentes—. He tenido una buena vida. Casi diría una vida plena… es decir, dentro de los márgenes de plenitud que permite la ignorancia. Ahora os pido un solo favor: No hagáis de mi muerte una tragedia. Haced que sea, en todo caso, un momento para el recuerdo, la ternura,… para el homenaje si queréis, para el amor o el agradecimiento. No deis cabida a penas o desgarros fuera de lugar o exagerados. Pero sobre todo… no permitáis que mi muerte se haga más presente en vosotros de lo que lo hizo mi vida. No prolonguéis su presencia más allá de lo estrictamente necesario. Si me habéis de recordar, recordadme vivo, no muerto. Os amo, lo sabéis… y ahora, me voy en paz. Adiós.

    Se despidió de todas y cada uno con un beso y poco a poco se fue quedando solo. Entonces, sin prisas, como cumpliendo un ritual, se levantó de la cama y se vistió despacio. Se acicaló por encima y se colocó el sombrero y la nariz de payaso. Sacó una maleta del armario, abrió la puerta y, con la mano aún en el pomo, se giró un poquito, sonriendo de medio lado, y le dijo a la habitación vacía:

—Vuelvo en seguida.

     Y se fue.

     Se dice que le han visto en Tailandia meditando en una playa perfecta, en las selvas bolivianas platicando no se sabe bien qué cosas con un colibrí y danzando entre las rocas en los montes de Gredos. Hay quien jura haberlo escuchado cantar antiguos temas de los Stones en un tugurio chiquito de Katmandú. Se le conocen seis muertes en México, tres en la India, una en Perú y otra en Indochina. Alguien con su nombre amaestró palomas en un pueblito perdido allá en la Argentina hasta que murió de viejo.

     Cuentan también que no acudió jamás a ninguno de sus entierros, alegando siempre algún inoportuno problema de salud. Hay quien dice que aún sigue paseando.

lunes, 4 de abril de 2011

Vanidad.
















     Por fin terminó su novela. Los años de trabajo incansable; los meses de sequía, borrones y nuevas cuentas; una eternidad de silencios en blanco y miedos a no acabar nunca... Todos aquellos instantes de soledades al cambio, construyeron al fin un final perfecto.
 
     La releyó despacio. Saboreándola. Buscando fallos, incorrecciones, desajustes,... paja. Nada. Era una novela impecable.

     Se sintió orgulloso.

     Descorchó una botella de vino, encendió la chimenea y mientras bebía, contempló absorto como ardía el manuscrito.
 
     "Ahora es perfecta" –se dijo, sabiendo a la novela libre ya de su vanidad.

     Era un escritor humilde.

domingo, 3 de abril de 2011

Todavía aún...














     Le quitó, una a una, las manecillas a su reloj de pared y observó aquella esfera de números, huérfana ya de cualquier sentido o razón de ser, hasta que una certeza vino a posarse en él:

"No hay tiempo. Sólo aconteceres…"

     Así, desterró de su verbo y de sus planes los antes y los luegos y se instaló en un eterno mientras cotidiano que cambiaba de forma con cada evento, con cada nuevo asunto, hecho, suceso o situación.

     Nadie notó el cambio. Sólo él se sabía más pleno, más sereno,… algo así como feliz.

     Alguien en la calle le preguntó “¿Tiene hora, por favor?”

-No, ya no –respondió él.

-Pero… ¿sabe qué hora es?

-Es… Ahora –contestó, y se alejó encogiéndose un poco de hombros para esconder la risa.



Para Su, que me propuso un juego... y jugamos.

martes, 29 de marzo de 2011

Soñando sueños.














     Era un sueño recurrente. Soñaba dentro de un sueño y en ese sueño dormía y soñaba que se dormía soñando que se soñaba durmiéndose dentro del sueño para soñarse dormido… y así sucesivamente, como una imagen repetida en una eternidad de espejos.

     Temeroso de no encontrar el camino de vuelta en aquel laberinto onírico, despertaba espantadizo sin saber nunca con certeza si estaba despierto del todo o se había despertado en uno de sus soñados sueños dormidos.

     Aquel día, sin aliento, se levantó de un brinco y sin lavarse la cara salió a revisar el mundo, para poder cerciorarse de que aquél era su mundo, el mundo en el que vivía.

     “Buenos días, realidad. Buenos días, nuevo día” –susurró ya más tranquilo y se fumó un cigarrillo dejando que la mañana le despeinara los miedos.

     Al entrar de nuevo en casa se encontró consigo mismo aún acostado en la cama plácidamente dormido soñando que se observaba soñando dentro de un sueño que despertaba dormido mientras soñaba en la cama que saludaba a su mundo fumándose un cigarrillo.

     Cuentan que aún sigue durmiendo… soñando que está despierto y que se encuentra en la cama soñando que está dormido.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Presencias...
















     Cuando no aguantó más saltó el murito que daba al malecón y dejó que su instinto le guiara hacia el mar. Asentó bien sus pies y observó las olas rompiendo discretas entre las rocas. Intentó ver más allá pero sólo vio espumas. Tal era la oscuridad, tal era la noche.

     Allí, a solas con el mar, aflojó su pantalón y vació al fin su vejiga.

     De pronto advirtió una presencia, un susurro de telas y una tos. A su derecha, mirando también al mar, estaba la muerte.

     Sintió un escalofrío y una extraña indiferencia que se tornó en sorpresa al ver cómo la muerte buscaba torpemente entre sus ropas y echando su cabeza ligeramente hacia atrás, empezó a mear también suspirando de alivio.

     Alguien canturreó a su izquierda y al mirar se topó con un pirata que con la espada entre los dientes luchaba por soltar su cinturón. Junto al pirata orinaba ya un astronauta y más allá un ángel y un gorila compartían un cigarro.

     Sonrió pensando en lo surrealista de aquella escena mientras ordenaba sus ropas y se colocaba bien el antifaz y la nariz de payaso.

     Luego volvió despacio al estruendo del carnaval buscando entre la multitud a sus compinches, que a esas horas atracaban un banco de los de sentarse en la calle, después de robarle la corona a un faraón y a un par de reyezuelos que por allí pasaron.

     En la isla de La Palma, fuera del tiempo y llena de espectros, ya casi amanecía.


Volví cargadito de amor y cosas lindas, con el corazón de andar por casa, en zapatillas. Os habéis metido muy adentro. "Gracias" es una palabra muy pequeña... habría que inventar otra. Os quiero.
Pd: No dejéis de leer el primer comentario... 


lunes, 21 de marzo de 2011

Siempre.




















     Lo primero que tuvo que aprender para viajar en el tren del tiempo fue a subir y bajar en marcha. Aquel era un tren que jamás se detenía.

     Siempre había querido visitar el pasado y el futuro, pero al final quedó un tanto decepcionado. Por mucho que viajara en el tiempo, daba igual en qué estación se apeara,… no había caso: Siempre era ahora.



Para Puck.


miércoles, 16 de marzo de 2011

Dioses.
















     De chiquita le enseñaron a rezarle al Dios de sus abuelos. Arrodillada y con miedo, rezaba igual que se canta una canción aprendida que en realidad no se entiende.

     Luego adoptó con devoción otros Dioses forasteros de nombres exóticos y cabeza de animal. Encendía velas y quemaba inciensos y, entre toses y mareos, recitaba mantras en papiamentos ajenos que tampoco entendió nunca.

     Más tarde se inventó su propio dios, más cercano y cotidiano. Ni siquiera le dio un nombre. Se sentaba serena y con sus palabras sencillas le pedía cosas.

     Por fin decidió enamorarse de la vida y aceptar el misterio. Se olvidó de todos los dioses. Cada mañana, simplemente, le dedicaba un ratito a dar gracias abriéndose a la vida,… a lo que cada nuevo día le trajera con la marea.

     Sólo entonces se encontró realmente a sí misma.


jueves, 10 de marzo de 2011

Espantando palomas...



     Un vuelo de palomas anticipaba siempre su llegada.

     Al percibirlo, él sonreía levemente y sentía un brinquito en el corazón. Luego, despacio, dejaba lo que estuviera haciendo y simplemente esperaba. Poco a poco se le llenaba la casa de palomas que se iban posando aquí y allá desbaratando alegremente el orden sereno que habitaba su hogar. Entonces, ella aparecía de la nada.

-Esta vez has tardado –decía él disfrazando de reproche su alegría.

-Estuve muy ocupada haciendo nada –contestaba siempre ella con una sonrisa radiante.

     Después se miraban, se oteaban en silencio, como abrazándose con la mirada, y arrullados por un ulular de palomas, se acomodaban en ese espacio irreal al que pertenecían. Él le contaba su vida sencilla y, de vez en cuando, ella reía con una risa de ángel que espantaba a las palomas. Luego, hacían el amor con palabras, con sus alientos, con sus miradas,… como aprendieron a hacer cuando supieron que jamás podrían tocarse.

     Sólo una vez le preguntó de dónde venía, si era un espectro, algún fantasma extraviado o simplemente un ser de otra dimensión. Ella cayó entonces en un prolongado silencio lleno de presagios y palabras inefables. Él no volvió a preguntar.

-Mi querido misterio leve… –solía susurrarle al oído.

     Así se la pasaban, amándose y platicando, hasta que de pronto las palomas volvían a espantarse y, volando despavoridas, desaparecían por puertas y ventanas como anunciando un adiós. Sin apenas tiempo de decir te amo, ella se evaporaba en el aire.

     A veces, días después, él todavía encontraba palomas al abrir un cajón o una alacena, y sonreía de nuevo con el corazón contento. Entonces, abría el armario de sus secretos, sacaba las alas y les pasaba el cepillito acicalándolas suavemente, con dedicación. Las alas a las que renunció hacía ya tantos años para así poder vivir la vida como un hombre.

domingo, 6 de marzo de 2011

Raquel.




     Todas las noches, desde aquella en que durmieron juntos por primera vez, Raquel inventaba un cuento para Ramón. Si por cualquier motivo no se sentía inspirada, le leía a cambio cuatro páginas de un libro, siempre cuatro, y terminaba leyendo la primera frase de la página siguiente para después susurrarle al oído “Pero esa, mi Sultán… esa ya es otra historia”.

     Mil y una noches después de aquella primera, a Ramón lo borra-ron de la faz de todas las Tierras. “Si alguna vez me agarran y no me volvés a ver, no me olvidés nunca, Shede, nunca. Pero no te mueras conmigo… tendrás que vivir por los dos. Así les derrotaremos.” –Le había dicho Ramón cientos de veces en aquellos años crueles de la dictadura.

     Así, cuando fue capaz de asumir su ausencia y pudo vivir otra vez con ese hueco en el alma, Raquel hizo dos cosas: Cambió su nombre por el de “Shede” y juró no volver a contar un cuento hasta haber terminado de leerle a Ramón el libro que dejaran inconcluso.

     Tres veces al año, desempolvaba su ejemplar de Rayuela y salía a comprar una rosa. Cada 9 de febrero, cumpleaños de Ramón, se sentaba a la orilla del río Ajó, leía cuatro páginas del libro y después de arrancarlas, las echaba a la corriente junto a la flor. Luego leía la primera frase de la siguiente página y le decía al viento: “Pero esa, mi querido Sultán… esa ya es otra historia”. Los días 2 de agosto, la fecha que lo desaparecieron a Ramón, repetía el ritual junto al mar y enterraba las cuatro hojas y la flor en la playa de Santa Teresita o en la de Mar del Tuyu. El día de muertos le leía en los bosques de Costa del Este, colgaba las páginas de la rama de un árbol y posaba en su base la rosa. Luego volvía a casa con un nudo en el pecho y piedritas en los anhelos.

     Ocho años tardó en cumplir su promesa. Ocho años de una vida a medias. Aquella tarde, por fin, lloró las lágrimas acumuladas durante una eternidad de soledades valientes, ausencias derrotadas y rabias contenidas, que casi terminan por envenenarle el alma. Sentada en el bosque, llorando a lágrima muerta, dejó que todo lo gastado fluyera fuera de ella. Después, exhausta, vacía… se sintió limpia, viva otra vez. Dispuesta para una vida nueva, cierta, clara y feliz,… Una vida plena… vivida para los dos.

     A día de hoy sigue contando cuentos. 



A todos los que lucharon contra la barbarie y no tuvieron, siquiera, una tumba en la que removerse. A ellos y ellas. A los de allá y a los de acá. 


viernes, 18 de febrero de 2011

Mis caras de otro.


















     La primera vez me llevé un susto de muerte y anduve fuera del mundo hasta entender el problema: Cada vez que estornudaba… me cambiaba el rostro. 
 

     Probé entonces con la acupuntura, el vudú, la meditación trascendental y el exorcismo, pero todo fue en vano, y pronto empecé a verle las ventajas a mi extraña enfermedad. Con el tiempo olvidé cual de todas esas caras había sido la mía, terminé por aceptarlas a todas como la propia y llegué a la conclusión de que mi catálogo venía a ser de unos treinta semblantes diferentes, sin orden, motivo ni secuencia. No había forma de saber qué cara sería la siguiente. Después de un estornudo, un repentino mareo y un vértigo leve, corría a buscar un espejo para saber quién sería las próximas semanas.

     Así, supe lo que es ser feo, atractivo, difícil, inane o irresistible. Tuve cara de menso, de líder, de hombre feliz y de burocracia, y a cada rostro le supe encontrar una vida, una amante, su concurrencia o su soledad. A cada cara le encontré su rutina.

     Aprendí los rudimentos de la falsificación y logré llevar una vida sencilla y ordenada, y si alguna vez sentía hastío o la necesidad de huir, simplemente olía amapolas.

     Sólo una vez me enredé en mis rutinas y visité con cara de golfo a la puta que solía frecuentar llevando la cara de tonto.

-Ponete la cara que querás, flaco, pero ese cuerpo y esa forma de besar no me los equivoco yo –me dijo ella con un gesto espantadizo y una pregunta en la voz.

     Yo, desarmado, le confesé mi condición cambiante y le hice allí mismo una demostración. A ella le encantó aquella locura, que vio más como un estrafalario don que como un problema de salud, y me invitó a quedarme.

     Desde entonces vivimos juntos como cualquier pareja normal, casi como la gente con cara. Tal vez, incluso, con alguna ventaja. Cuando se cansa de verme… me regala una amapola.

miércoles, 26 de enero de 2011

El deseo.
























     Guiado por inciertos rumbos garabateados en un viejo mapa, llegó por fin a la cueva del tesoro. Sólo entonces dio crédito a lo que aquel pirata borracho le contara a cambio de unos tragos en una taberna sin nombre.

     Encendió las antorchas, sediento de oro, y comenzó a abrir cofres, a romper tinajas, a desgarrar sacos.

     Polvo. Sólo polvo.

     Decepcionado, pateó y maldijo hasta que cayó rendido al suelo. Fue entonces cuando reparó en aquella lámpara abollada y polvorienta que yacía junto a él. Despacio, con una pregunta en el gesto, la levantó y la agitó suavemente. Y de la lámpara, claro,… salió su genio.

     Se quedaron allí, pavoridos, como evaluándose, permitiendo que el susto se les fuera a ambos del cuerpo. Luego, con la voz desafinada por la falta de costumbre, el genio fue al grano:

-Te concedo un deseo.

-¿Uno? –preguntó con frustración el ladrón –¿y… qué demonios ha pasado con los otros dos?

-Perdón, mi Señor,… otros dos… qué.

-Hmmm… olvídalo, está bien. Un deseo… un deseo.

     Cerró los ojos, concentrado, y toda su vida pasó en imágenes por su mente. Sus correrías como ladronzuelo de mercado cuando era apenas un chamaco harapiento y despeinado. Sus audaces aventuras en busca de fama y riquezas. La dicha y la emoción cuando la fortuna le era favorable, los lujos pasajeros, la buena comida, las jóvenes rameras de su burdel favorito y la súbita vuelta a la ruina, a las noches frías, al hambre de lobo… a la sed de nuevas aventuras. Imaginó luego una vida ociosa en la que todo lo deseado se materializaba en sus manos por arte de ensalmo. Una vida sin penas, fatigas, apuros ni necesidades,… una vida sin peligros, sin sueños inalcanzables, sin anhelos imposibles,… sin un futuro incierto.

     Entonces abrió los ojos como saliendo de un trance y, con un aplomo de príncipe, le dijo al genio:

-Borra de mí este encuentro.

-¿Qué?

-No quiero recordar jamás que te conocí.

-Puedo concederte lo que desees… cualquier cosa… y ¿“Eso” es lo que me pides?...

-Ya lo has oído. Mi deseo es olvidar todo esto. A ti, esta cueva,...

     “Malditos advenedizos” –susurró para sí el genio, y dando una palmada llevó a cabo el hechizo. El tiempo pareció detenerse un instante y un vértigo leve recorrió al joven.

-Concedido –dijo entonces.

-¿Qué? –contestó confuso el ladrón dando un respingo asustado.

-Que ya está.

-Que ya está… ¿el qué? ¿Me estás hablando a mí?

-Y… ¿a quién si no?

- Perdón, pero… ¿nos conocemos?

     Se miraron perplejos durante un embarazoso instante. El Genio se sintió ridículo y maldiciendo de nuevo su suerte, sin más, desapareció.

     El ladrón, desconcertado, recogió sus bártulos y salió de la cueva como alma que lleva el diablo. Sólo cuando sintió la brisa fresca de la noche del desierto en los pulmones y la arena aún caliente bajo sus pies, dejó de correr y con un contento súbito y profundo en el corazón, puso rumbo a la aldea sintiendo unas ganas locas de visitar un burdel.