miércoles, 15 de mayo de 2013

miércoles, 8 de mayo de 2013

Cuentos de Amador... El libro.






Queridas y queridos: 

El universo es amplio y la vida está buena. 
Los Cuentos de Amador han pasado al papel. Os cuento más detalles muy pronto (cuando mi escurridizo editor me los dé a mí...).
Amador está en el horno. Mientras... disfruten ustedes de este vídeo payaso. ¿Que mejor forma de romper este prolongado silencio?...

Besos a todastodos... besos payasos, con el corazón contento y lleno de alegría.

sábado, 19 de mayo de 2012

Cuentos de Amador.

12. Anónima.















No tuvo nunca un nombre. Es decir, los tuvo todos. Todos los que quiso tener o sintió alguna vez como suyos.

A los cinco meses de embarazo, tal y cómo era costumbre en la aldea por aquellos entonces, su madre fue a buscar a la China para que le adivinara el sexo, el nombre y los aconteceres a la criatura que estaba por llegar. Después de espantar gatos, cuervos y malos augurios a base de velas, inciensos y palmadas de gallina ciega, la China aclaró el aura de la madre con limpias de huevo y humos, besó la frente de la mujer y le posó luego sus manos de paloma vieja sobre el vientre, hinchado ya como la panza de un obispo.
—Es una niña, tardará mucho en venir y no tendrá nombre que valga. Se llamará como quiera y cada día querrá llamarse diferente. Ella inventará su historia y escribirá su propio destino, con su prólogo y su epílogo. No te puedo decir más.

El embarazo se alargó por más de un año sin que la niña diera señales de querer nacer. Mucho tiempo después la China vino a preguntarle el porqué de aquella pereza, el porqué de aquella espera; ella le contestó con naturalidad:
—Francamente, China, allí dentro no encontraba una razón convincente para salir de un lugar tan confortable.

miércoles, 25 de abril de 2012

Cuentos de Amador.

11. Las dos llegadas del Padre Anselmo.




















Nunca antes había llegado nadie con la intención de llegar, y mucho menos con la intención de quedarse.
Aquel miércoles de marzo hacía ya tres semanas que una lluvia despeinada aturdía a las ovejas, confundía el contorno de todas las cosas y borraba de los corazones los anhelos y las penas con esos aplausos del agua que apagan la voz del mundo. Cuando entró por primera vez en la aldea, con su caminar de obispo y su mirada de anciano, la lluvia se detuvo a verlo pasar y tal fue su impresión que no volvió a caer hasta dos meses más tarde. El padre Anselmo, embutido en su eterna sotana negra, cruzó la plaza en dirección a la iglesia como un viento cargado de oscuros presagios, recorriendo sin vacilar un camino que no había visto sino en sueños. Al llegar a la iglesia, encontró las puertas abiertas y las estancias vacías. Un arrullo de palomas y un dormir de murciélagos lo recibieron en el altar mayor, donde lo esperaba una cruz deshabitada. Antes de instalarse o hablar con nadie, se dio a las tareas de desahuciar a todo bicho anidado en los rincones, limpiar los ámbitos de espíritus herejes y crucificar de nuevo al Cristo que años antes…
Pero, un momento, tal vez lo mejor sea empezar por el principio, al menos por esta vez.

sábado, 31 de marzo de 2012

Cuentos de Amador.

10. Aroa.























Aroa habitaba el presente. No entendió nunca de mañanas ni de ayeres. Vivía su vida sin más, consumiendo los instantes como quien saca agua del mar. Pequeña como un santiamén y bella como un orgasmo, sentía una cercanía innata y un cariño natural por todos los seres con los que compartía el planeta: personas, animales, plantas, pero también por las rocas, el fuego, la lluvia, el viento, la pradera o la montaña.

Aroa no lloró nunca. Nació con los ojos abiertos, celebrando con balbuceos la alegría de una nueva vida. Aquel día no murió nadie, ni cerca ni en ningún sitio. Ni siquiera fue miércoles, lunes o domingo, no llovió, no hizo frío ni calor. Nada. Aquel día sólo ocurrió su llegada al mundo.
La comadrona que asistió el parto estuvo un rato dándole vueltas al bebé buscándole las alas, convencida como estaba de que aquella criatura tenía que ser un ángel, por su belleza, su felicidad y la calidad de su piel, que tuvo siempre la textura de los momentos alegres.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Cuentos de Amador.

9. Horaldo y Heraldo.















Horaldo y Heraldo nunca se preocuparon de saber quién era realmente cada cual. Se limitaban a vivir una vida repetida, como quien vive frente a un espejo. Siempre, desde antes de nacer, ambos pudieron sentir la presencia del otro como algo inherente a la existencia. Siempre, tictac, desde siempre. En realidad no concebían que pudiera ser de otra manera. Pensar en la unicidad de los otros les producía cierta perplejidad y una sensación de abandono y soledad difícil de soportar.

       En aquellos tiempos las mujeres, después del quinto mes de embarazo, visitaban a escondidas a la China para determinar el sexo, el nombre y la vida que sus hijos iban a llevar. La China protegía la cabaña con inciensos y conjuros y aclaraba con limpias de huevo y humos el aura de la madre para evitar diagnósticos equivocados. Luego besaba la frente de la mujer, posaba las manos sobre su vientre y telepateaba un rato con el ser que estaba por llegar. Así leía el futuro de la criatura y le daba un nombre y unos apellidos que nada tenían que ver con sus progenitores sino con el lugar que iba a ocupar en el mundo.

       —Vienen dos —dijo la China aquella vez, confusa, escuchando dos voces que sonaban como una o una voz que sonaba como dos—. No, espérame… mejor dicho, será un hombre repetido.
       —¿Repetido? —preguntó inquieta la madre—. ¿Y cómo sabré yo cual es la copia y cual el verdadero?
       —Nadie nunca lo sabrá, ni siquiera ellos mismos podrán distinguirse.
  

jueves, 19 de enero de 2012

Cuentos de Amador.

8. El faquir.























—Hay alguien flotando en la plaza.

       Con esa cantinela entró Sandalio, el vagabundo de la sonrisa triste, en la taberna de Bienvenido cuando aún no empezaba el día. Aquella mañana todo parecía a medio hacer, como si el mundo no terminara de despertar. Las aves nocturnas volaban desconcertadas en un alba detenido mientras la niebla temprana se fundía con las primeras sombras de la tarde anterior. Las flores quedaron a medio abrir en los jardines y los gallos se miraban inquietos sin decidirse a cantarle a un día que no llegaba. El Pulga, en los prados del norte, se afanaba en despabilar a sus ovejas que, por primera vez desde siempre, acudían con retraso a su encuentro.

       Hacía muchos años que en la aldea no pasaban ya esas cosas de cuento. Desde la llegada del Padre Anselmo se había instaurado en el lugar una normalidad ordinaria a golpe de sermón y procesiones. Sin embargo, aquel día parecía como si alguien se hubiera olvidado de darle cuerda al reloj. Los vecinos se atuvieron a sus horarios refugiándose en sus quehaceres cotidianos. Perplejos, hacían como que no pasaba nada, pero cundía cierta congoja. El pueblo parecía contener la respiración esperando algún acontecer y la gente llevaba el paso como cambiado, torpe, valdría decir tardío.

       Bienvenido dejó de pulir las copas súbitamente y con un movimiento inconsciente de su muñeca se colgó el trapo en el hombro:
       —¿Cómo has dicho, Sandalio?
      —Hay alguien flotando en la plaza —repitió indiferente el muchacho mientras buscaba un fósforo en sus bolsillos.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Cuentos de Amador.

7. Jack Landon.



















Llegó a la aldea por azar el día que buscando otro lugar se había extraviado en el bosque. Se enamoró del pueblo y de sus gentes a la primera impresión y quiso recompensarles con los agasajos del progreso, cometiendo el mismo error en el que, tarde o temprano, todos terminamos cayendo: intentar cambiar aquello que nos enamora para poder entenderlo mejor.

     Así y con el tiempo, inauguró una carretera que no iba a ninguna parte, construyó una vieja iglesia cuando nadie sabía aún rezar y descubrió una mina de oro en las montañas del norte, que a veces estaban al sur. Se pasó media vida intentando trazar un mapa de la aldea y sus alrededores que jamás pudo acabar. Nunca consiguió dibujar los contornos de un lugar incierto y cambiante que por aquellos entonces no estaba aún en ningún sitio.

     Se hacía llamar Jack Landon y, a pesar de su juventud, ya había recorrido el mundo unas veintitrés veces en busca de fama y fortuna, o tal vez... viceversa. Arqueólogo apasionado y aventurero empedernido, había explorado selvas y desiertos en los siete continentes, descubierto culturas milenarias que jamás habían existido y fundado ciudades perdidas en los albores del tiempo, pero jamás en sus viajes había conocido un lugar como aquel.

     Tres días después de llegar pidió hablar con las autoridades y la gente se le quedó mirando como el que mira a un niño que no sabe explicarse bien.

lunes, 17 de octubre de 2011

Cuentos de Amador.

6. La china.























En el albor de los tiempos, mucho antes de la fundación del pueblo, se hablaba ya de una vieja curandera a la que todos se referían como “la extranjera”. Nadie supo nunca dilucidar cuándo llegó ni cómo. A decir verdad, no se sabe si llegó realmente alguna vez o es que, a la sazón, estuvo allí desde siempre. Lo único que parece claro es que la China paseaba ya por el mundo, conocía ya las artes de la hechicería y, además, era ya vieja.
 
     En aquellos entonces nadie se entretenía demasiado en saber quién era cada cual o en preguntar de quién eres. Andaban todos muy atareados asignándole un nombre a cada cosa y estudiando su utilidad o inventando lo que todavía no existía. Había mucho que hacer. En realidad, estaba todo por hacer. Y todo era tan nuevo que incluso el tiempo, las leyes naturales y la existencia misma, se hallaban inmersos en un proceso de ensayo y error que acabaría por determinar el tal por cual de lo que sería después el mundo.

     Mientras los seres consensuaban en interminables asambleas las bases de lo que debía ser corriente o excepcional, los astros buscaban aún sus rumbos definitivos, y así, a veces amanecía la Luna en lugar del Sol y los días y las noches se intercambiaban sin cuento, o se simultaneaban veranos otoñales e inviernos primaverales con estaciones que terminaron perdiendo su nombre por falta de enjundia o de uso. 

domingo, 4 de septiembre de 2011

Cuentos de Amador.

5. Buenaventura.



















La tarde en que Amador regresó de conocer mundo, una lluvia indolente tocaba con sus dedos en todas las ventanas anunciando su llegada.

     En los doce años que tardó en saciar su sed de gente, lugares y aconteceres, la aldea había envejecido casi un siglo. Los caminos se habían cerrado devorados por la voracidad del bosque, mientras las fachadas sucumbían a la carcoma de un tiempo sin reloj. Las cosas estaban más viejas. Sólo la fuente de Segundino permanecía intacta, inmune en su plaza al comején de la vida. Sin embargo, los asuntos de la gente, sus intrigas cotidianas, seguían igual que el día que se fue como si hubieran negociado esperarle. Antes de que el autobús doblara la esquina del roble, la China, desde el puesto de hierbas del mercado, anunció: “El chico vuelve, y no viene solo”.

     El rumor de su vuelta recorrió el pueblo como un vendaval, sacando de su limbo a los borrachines de La Taberna de Bienvenido. En medio de un alboroto de estampida, sillas volteadas y vasos rodando, Buenaventura, como saliendo de un trance, sin alterar su estar tranquilo y somnoliento, sentenció entre los vapores de su borrachera:

     -Todo el que regresa, antes se había ido –y volvió a su habitual desmayo.

     Cuando Sandalio, el vagabundo de la sonrisa triste, vino con el cuento de que Amador había vuelto acompañado de una india con ojos de gata y caderas de tigresa, Buenaventura parpadeó de nuevo y levantando torpemente su mano derecha con el índice extendido, dijo con su mejor voz de congresista:

     -Indiscutiblemente, a veces… llega alguien.

     Así era Buenaventura Cuerda de la Soga, licenciado en Ciencias Físicas, Químicas y Matemáticas, destinado a acabar con la mitad de las miserias del mundo y echado a perder por una adicción voluntaria al vodka, al vino y al coñac. Nadie en el pueblo supo nunca de sus famas, sus reconocimientos o sus doce Honoris Causa en universidades del mundo. Cuando llegó, hacía casi cuatro lustros, era ya un borrachín sigiloso y ordenado que llegaba a la taberna en la mañana y no salía hasta que Bienvenido le sacaba a empujoncitos después de cerrar.

martes, 16 de agosto de 2011

Cuentos de Amador.

4. El Pulga.


















 
Tuvo un nombre difícil de recordar, una madre casual y una ausencia irresoluble como figura paterna. Su paso por el mundo fue tan discreto que aún hay en el pueblo quien asegura que nunca existió del todo.

     Nació tan sin hacer ruido y tal fue desde el principio su talante reservado que hicieron falta trece azotes y un pellizco para que emitiera algo así como un balidito de oveja y la comadrona quedara por fin satisfecha. Cuando le preguntaron a su madre cómo se llamaba el niño, ella, reconociendo en el bebé la mirada extraviada del padre, a punto estuvo de contestar que Anselmo. Pero no fue así. Se tragó los remordimientos de su pecado mortal y, mordiéndose la culpa en los labios, marcó al niño de por vida con un nombre fácil de olvidar y apellidos de expósito.

     Al quedar embarazada, Gertrudis había tenido que abandonar con urgencia y para siempre la casa parroquial donde durante años se encargara de calentarle la casa, el caldo y la cama al santísimo Padre Anselmo. Aquella huida le rompió el alma, los anhelos y las ganas de vivir, y aunque siguió respirando, dejándose consumir poco a poco por la carcoma del tiempo, su existencia y sus vacíos adquirieron pronto cierto tufo a cementerio que no la abandonaría hasta el final de sus días.
    
     Sólo una vez se la volvió a ver en el pueblo, cuando cinco años después, en la estación de las lluvias, se bajó del autobús veinte años más vieja con una maletita de cartón colgando de una mano y trayendo de la otra a un chamaco flacuchento y cabezón que llevaba en el estar cierto aire desapercibido. Nadie la reconoció ni reparó en el muchacho. Caminaron bajo el aguacero, arropados por una niebla que los cubría de olvido, hasta llegar a una puerta al final de un callejón donde Gertrudis tocó tres veces dejándose en cada golpe el poco alma que le quedaba. Luego le dijo al chiquillo “espera aquí”, le dio un beso distraído y desapareció para siempre de su vida entre viento, tarde y lluvia. Al abrir la puerta, al Padre Anselmo casi se lo lleva el susto de encontrarse con sus ojos en el rostro de aquel niño que se rascaba embarrado, aquel pajarito mojado que de alguna manera parecía no estar allí. Con el corazón brincándole aún bajo la sotana, le preguntó al chiquillo cómo se llamaba, olvidó su nombre un instante antes de escucharlo y, a empujoncitos, algo así como con asco, le fue metiendo en la casa dejándole en manos de las monjitas que cuidaban a los huérfanos de la última guerra. 

miércoles, 13 de julio de 2011

Cuentos de Amador.

3. Segundino.















     Segundino Meléndez llegó tarde a vivir su vida. Cuando quiso darse cuenta ya no hubo manera. Se acodó en la fuente de la plaza fumando de medio lado y se dispuso a pasar así las eternidades de un tiempo sin rumbo. Observaba atentamente los quehaceres cotidianos de sus paisanos y, al menor descuido, allanaba una vida ajena y la vivía durante unos días hasta que la rutina de una existencia mortal le aburría o alguien denunciaba la tropelía. Entonces, sin alborotos, desalojaba aquella vida dejando las facturas sin pagar y volvía sereno a su fuente.

     Vivió así muchas vidas sin vivir ninguna suya. Probó todos los oficios, tuvo todas las edades y sólo una vez fue mujer. Tan extraño se sintió en un cuerpo diferente que antes de poder saber dónde estaba cada cosa volvió corriendo a su plaza jurándose no repetir. En el pueblo nadie se espantó con aquel trasiego de almas, tan acostumbrados como estaban a las extravagancias y excentricidades de la vida corriente y común. Cuando alguien se comportaba raro o se iba de los sitios sin pagar, apuntaban las deudas en una libreta, si acaso comentaban “muy Segundino anda éste últimamente”, y volvían a sus cosas.

martes, 21 de junio de 2011

Cuentos de Amador.

2. Lunaluz.



     No había cumplido aún los seis años cuando empezó a percibir que no era como las demás niñas. Su casa, su familia…, su país, se le iban a quedar pronto muy pequeños.

     Sus padres no entendieron nunca su hambre de mundo, la inocencia de sus proyectos imposibles ni sus ganas de vivir. Así, más de una vez le desbarataron los negocios infantiles de limpiar las casas y los coches de los vecinos adinerados o vender en la plaza las papayas y los mangos del jardín. La traían de las orejas e intentaban devolver el dinero, avergonzados. La gota que colmó el vaso de la paciencia paterna fue aquella vez que, aprovechando la ausencia de adultos, vendió todos los muebles de la casa y compró otros más baratos, funcionales y modernos. Entonces le cayeron a los gritos, le prohibieron salir durante un mes y cancelaron para siempre sus clases de ballet. Aquello le rompió el corazón. Encerrada en su habitación, mordiéndose en los labios la frustración y la pena, tuvo una certeza. Pronto se iría muy lejos, sola, donde nadie jamás le prohibiera ser ella misma, ser feliz.

     Su madre, desbordada por el amor que sentía por aquella chamaca indomable, se sabía incapaz de hacerle cumplir el castigo y cometió el imperdonable error de confiarle sus horas de encierro a la tía Gesina, que viejita y medio ciega, le llenó a la niña la cabeza y los anhelos de fantasmas amigos, hadas consejeras y diosas de todas las cosas. Hacía décadas que la anciana vivía en un mundo habitado por espectros y no distinguía ya entre familiares o espíritus. En poco tiempo enseñó a la niña a comunicarse con los seres sutiles, a leer las mentes y a mover los objetos con la mirada, a la vez que a bordar o a cocinar. “Tienes el don, pequeña, vaya si lo tienes” –solía decirle entre el orgullo y la desazón. Cuando sus padres quisieron poner remedio, era ya tarde. Su vínculo con la anciana superaba distancias, atravesaba muros y no entendía de tiempos. Así, se les iban las horas en pláticas telepateadas sobre recetas, amores o conjuros, mientras los progenitores respiraban tranquilos sabiendo a la joven encerrada en su habitación. Era muy tarde. Ella habitaba ya en ambos mundos con la misma certidumbre, sin conflicto o confusión.

     Años después, al morir tía Gesina, se sintió huérfana, abandonada en aquel mundo de seres reales en el que sus magias se consideraban una incorrección, más sola que nunca en una casa que percibía ajena. Una mañana, al despertar, vio al espectro de Gesina a los pies de su cama haciendo así con la mano, como diciéndole adiós, con una sonrisa de virgen triste. Ese mismo día, se despidió de su familia sin nostalgias ni alborotos y se marchó rumbo al mar.

-Perdóname, hija, nadie me preparó para educar a un ángel –le dijo su madre con lágrimas en los ojos el día que se fue para siempre.

martes, 26 de abril de 2011

Cuentos de Amador.





















     Tuvo desde muy chiquito una inclinación natural por vivir que espantó a sus padres y desconcertó a las autoridades escolares. Aprendía con hambre de náufrago y obtuvo siempre las mejores calificaciones, aunque compadreaba con lo peor de cada clase, aprendiendo también en la escuela de la vida. “Ya no sabemos qué hacer con él. Participa en todas las bataholas y si en alguna falta es porque lidera otra mayor o está conspirando en algún dislate mayúsculo. A este chico parece que se le esté acabando siempre el tiempo.” –le dijo un día el maestro a su madre, que en su sencillez no supo dilucidar entre tanta palabra culta si aquello era digno de elogio o de castigo. Para no equivocarse le cayó al chamaco a los cogotazos y luego a los besos, lo sacó de la escuela y lo metió de monaguillo confiándole su educación y su cuidado al viejo párroco del pueblo.

     Amador se tomó aquel nuevo mundo de misterios impuestos e hipocresías innombrables con el mismo buen humor con el que estudiara en su momento las tablas de multiplicar, y devoró las Escrituras con la misma pasión con la que leía en secreto a Copérnico o a Poe. El padre Anselmo intentó durante años meterle en vereda y sacarle a bastonazos aquellas insultantes ganas de vivir. Soportó estoicamente a aquel imberbe indomable que le derrotaba sin proponérselo en debates teológicos que hacían que se tambaleara su propia fe, hasta que un miércoles de ceniza se le descolgó con una blasfemia que hizo al cura recular boqueando al sentir como nunca el aliento del diablo en la cara:

-Dios no está en las iglesias, Padre. Dios está en la vida. Me lo imagino más en las tabernas que entre tanto muñeco de cera.

     Después de aquello, Amador no volvió a pisar una iglesia. Lo apadrinó el Licenciado Villuelas, boticario, veterinario y comunista a partes iguales, con quien aprendió los rudimentos de la sanación y estudió en profundidad las obras completas de Carlos Marx y Federico Engels. Acompañando al doctor, conoció las mejores haciendas y las más humildes periferias, y con el tiempo los vecinos empezaron a reclamar sus consejos igual para el parto difícil de una vaca que para mediar en el reparto justo de una herencia. Abrió una escuelita donde enseñaba a leer y escribir a los muchachos descarriados mientras plantaba en ellos la semilla de la inquietud por la vida. Estuvo preso cuando la huelga de los mineros y lideró la reconstrucción del pueblo cuando llegaron las grandes inundaciones. Cantó con su guitarra en todas las bodas y supo dar consuelo en los funerales. Jugaba al dominó con el sargento Meléndez pero no se calló nunca su opinión: “después de los curas, son ustedes el peor invento del ser humano. Sin ejércitos no habría guerras. Es así de sencillo, mi estimado amigo”. Se le conocieron mil amores de parranda y sólo una compañera. Nunca se sintió solo ni demasiado acompañado y la única enfermedad que nunca llegó a comprender fue el aburrimiento.

-La vida es un regalo al que no hay que buscarle sentidos ni razones. A la vida hay que agradecerle todo, aceptarle los misterios y hacerle el amor sin preguntar –le decía a quien quisiera escucharle.

     En sus momentos más tristes, en los tiempos de sus penas grandes, se le podía encontrar en las tabernas pagando rondas de ron e invitando a todos los parroquianos a brindar con él por la tristeza. “¡Si duele es que estamos vivos!” proclamaba entre trago y trago abrazando igual a putas que a borrachos.

     El día en que enterró a su madre se le oyó decir “necesito ver más mundo” y esa misma noche se fue con una muda limpia y dos panes bajo el brazo, dejando al pueblo algo así como huérfano. Sin él las estaciones pasaron como de puntillas y hasta las putas parecían más tristes. Tardó doce años en volver, y volvió más fuerte, como más joven y tranquilo, como si el tiempo hubiera caminado hacia atrás en su viaje. Traía los brazos garabateados de tatuajes y de la mano a una gitana de ojos grandes que leía las mentes y adivinaba los afanes ocultos. Ella fue su compañera inseparable hasta que una noche sin luna, siguiendo el rumbo de los anhelos de zíngara que los vientos del norte movían en sus ámbitos más íntimos, dejó la aldea para siempre por el camino que daba a los bosques.

     Al día siguiente, Amador miró el pueblo y lo encontró sumido en una sorda rutina que lo cubría todo como una pátina milenaria. Reunió a los hombres a los que enseñara a leer siendo aún unos mocosos pendencieros de flequillo despeinado, les riñó por su falta de ánimo, y juntos pintaron de blanco todas las fachadas y plantaron árboles en las avenidas, dándole al pueblo otra vez aquel impulso vital que Amador llevó siempre consigo allá donde sus pasos le guiaron.

     Una tarde de agosto alguien le preguntó “Y qué… ¿cómo es el mundo?”. “Inabarcable” –contestó –“está lleno de instantes”.

     Cuenta el cuento que al final, cuando la muerte vino a tocarle el pecho con el dedo corazón, que es como la muerte te saca la vida, él la agarró por la cintura y le hizo el amor en su cama. Dicen que así, antes de morir, Amador plantó en el vientre de la muerte la semilla de la vida.