Apenas recuerdo mi vida anterior. Mi calma, mi sosiego, mis cuentos, mi no hacer. No importa. Seguimos.
Veinte días después somos ya cerca de noventa ciudades en toda España, más de doscientas en todo el mundo. Un mundo que no ha cambiado. Un mundo que sigue preñado de otro mejor, de nuestra indignación, de nuestra esperanza.
El sábado 28 de mayo se convocaron asambleas en los barrios y pueblos de Madrid, en cada uno. Cerca de treinta mil personas, en cientos de asambleas, se juntaron para hablar, para debatir, para pensar, conocerse. El Domingo, portavoces de todos los barrios acudieron a Sol a presentar sus experiencias y conclusiones en Asamblea General. Ilusión y compromiso. Desde Bruselas, un mensaje: quieren ser un barrio más de Madrid. Una energía nueva recorre la plaza como un viento fresco que se lleva los cansancios e insufla fuerzas renovadas. También emoción. Incontenible. Tánto trabajo sirve, tánto desvelo, tánta intemperie. Esto se mueve. Crecemos. Yo, mientras hablan los barrios, los pueblos, me convierto en un sauce. Lloro. Alguien me abraza.
"Te has pasado siete pueblos... llorando" -bromea más tarde un compañero. Nunca mejor dicho. Entonces río.
Me tomo cuatro días de vacaciones en el trabajo. Necesito desaparecerme, descansar. No oir ni hablar durante unos días. Perderme en mis montañas, sentarme en mi río. Llenarme de silencio, de bosque. Gredos. Me tomo cuatro días para irme a Gredos.
Fracaso. Me paso los cuatro días de vacaciones metido en Sol. Full time. Pueden más las ganas de no perderme este momento, este proceso, que el cansancio. Sol me devora y me alimenta. Me acaba y me renueva. ¿Soy el mismo?... sí, pero no. Estoy creciendo.
Se van sucediendo duras jornadas de debate. Debates profundos en los que se pone de manifiesto lo que ya sabíamos. Nos une el hartazgo ante un mundo, un sistema, que no queremos. Las soluciones, las alternativas posibles, son sin embargo diversas, múltiples, en los fines y en los medios, en las formas y en el fondo. Somos prójimas... pero también muy diferentes. Hay quien ve la necesidad de actuar ya, en puntos concretos. Trabajar sobre un manifiesto de mínimos que nos una en la movilización usando los canales que el sistema nos brinda. Hay quien piensa todo lo contrario. Que no puede haber prisas, que el primer triunfo es estar, que hay que construir el tejido social que haga posible el verdadero cambio. Hay quien se conforma con algunas reformas en el sistema y también quien no quiere oir hablar de eso. Hay quien opina que Sol ya ha cumplido y que hay que empezar a pensar en el desmantelamiento de la acampada sin que ello suponga el fin de nada y hay también quien dice no nos vamos.
Y yo digo que no hay problema, que la diversidad no es negativa, que es, simplemente, inevitable, real. Que probablemente sea presuntuoso hablar de "la voz del pueblo" porque el pueblo tiene muchas voces y que tal vez debamos aprender que a este movimiento no se le puede buscar una voz, un manifiesto, unos mínimos aceptados por todos, sino que deba ser una base, un tejido, desde el que se actúe de forma autónoma y coordinada desde las diferentes sensibilidades, formas y fondos.
Y, claro, eso puede sonar a chino. Tenemos muy interiorizado el espíritu del sistema que queremos cambiar. Sus prisas, su pensamiento único, su individualidad. Tal vez, ahorita que nos hemos parado a pensar, a hablar, a escucharnos, debamos construir nuevas formas de aceptar la diferencia y saber gestionarla sin que la acción directa estorbe al largo plazo y abrazar la diversidad como algo enriquecedor, con espíritu inclusivo, en lugar de temerla. No es fácil, claro. Y estamos acostumbrados, educados, en lo fácil, en el pensamiento único excluyente.
El debate no debe paralizar la acción, pero no podemos permitirnos que la acción nos distraiga del debate necesario. Si la revolución no nos cambia por dentro... no es tal revolución. Debe haber espacios y tiempos para la interiorización.
La ilusión sigue intacta. Sabíamos que no iba a ser fácil. Seguimos, cada día, aprendiendo de nuestros aciertos y nuestros errores. Seguimos educándonos unas a otras. Cada día, todos los días.
Las compañeras han empezado ha llamarme "Mr. Consenso" y me reclaman, a veces, para moderar discusiones imposibles. ¿Veis?... no puedo evitarlo. Siempre termino haciendo el payaso, por mucho que me quite la nariz.
Las mismas televisiones que nos amaron, los mismos medios que nos cortejaban, nos cagotean ahorita. Casi nos matan de fama. Ahora nos difaman. Da igual. Nunca me importó lo que los medios dijeron. Ni en esto ni en nada. Mienten, manipulan. Siempre, de una forma u otra. Ya conocéis mi opinión al respecto. Apaga la tele. Baja a tu plaza. No es un eslogan. Yo vivo así.
Mi querida panda de majaras: Extraño mi vida. La mía. Me falta tiempo para muchas cosas. Para contestar, por ejemplo, vuestras muestras de apoyo y cariño. Os pido disculpas. Estoy seguro de que comprendéis mis ausencias. Os leo y vuestras palabras, vuestros relatos también, son mi sosiego en los minutos que le robo a la revolución. Aunque no me veáis... estoy, os quiero... y os extraño. No sabéis cómo. Tal vez pronto vuelva a mis cuentos. Tal vez esta sea mi última crónica-utópica. No lo sé. Mañana no existe.
La mochila negra se me ha pegado a la espalda. Forma ya parte de mí. Dentro, junto al kit de la revolución, llevo dos libros. Me dan aire, me consuelan. Me sosiegan, me acompañan. Gracias, Patricia. Gracias Ángeles. De corazón.
Y gracias de corazón, mi admiracion y respeto, a todastodos las que estáis de una forma u otra, aquí y allá, participando en este movimiento. El nuestro, el de todas.
Apenas recuerdo mi vida anterior. Mi calma, mi sosiego, mis cuentos, mi no hacer. Apenas la recuerdo,... y la extraño.
Hasta pronto, se os quiere.