miércoles, 8 de febrero de 2012

Cuentos de Amador.

9. Horaldo y Heraldo.















Horaldo y Heraldo nunca se preocuparon de saber quién era realmente cada cual. Se limitaban a vivir una vida repetida, como quien vive frente a un espejo. Siempre, desde antes de nacer, ambos pudieron sentir la presencia del otro como algo inherente a la existencia. Siempre, tictac, desde siempre. En realidad no concebían que pudiera ser de otra manera. Pensar en la unicidad de los otros les producía cierta perplejidad y una sensación de abandono y soledad difícil de soportar.

       En aquellos tiempos las mujeres, después del quinto mes de embarazo, visitaban a escondidas a la China para determinar el sexo, el nombre y la vida que sus hijos iban a llevar. La China protegía la cabaña con inciensos y conjuros y aclaraba con limpias de huevo y humos el aura de la madre para evitar diagnósticos equivocados. Luego besaba la frente de la mujer, posaba las manos sobre su vientre y telepateaba un rato con el ser que estaba por llegar. Así leía el futuro de la criatura y le daba un nombre y unos apellidos que nada tenían que ver con sus progenitores sino con el lugar que iba a ocupar en el mundo.

       —Vienen dos —dijo la China aquella vez, confusa, escuchando dos voces que sonaban como una o una voz que sonaba como dos—. No, espérame… mejor dicho, será un hombre repetido.
       —¿Repetido? —preguntó inquieta la madre—. ¿Y cómo sabré yo cual es la copia y cual el verdadero?
       —Nadie nunca lo sabrá, ni siquiera ellos mismos podrán distinguirse.
  
       El día que nacieron habían salido dos soles, los gallos cantaron dos veces y una lluvia duplicada generó dos arcoíris imposibles de diferenciar, mientras la gente en el pueblo andaba con dos sombras pegadas a sus talones. Tras el parto, Horaldo y Heraldo lloraron con furia hasta que los pusieron de nuevo juntos en una cajita de zapatos. Ambos vinieron al mundo con una deformidad temporal que hacía, por ejemplo, que se asustaran segundos antes de un trueno o lloraran la víspera de una desgracia, anticipando con frecuencia y sin querer los efectos a las causas. Así, en la única foto que se conserva de ellos, aparecen ambos tapándose la cara deslumbrados por el fogonazo de un flash que aún no se había disparado. 

       Desde que echaran a andar, en el pueblo se inventaron mil artimañas para intentar diferenciarlos y los vecinos terminaban apostando a ver quién era cada cual, pero eran apuestas e intentos que quedaban siempre al pedo al no encontrar nunca el modo de resolver al final cual era realmente cada quien: Que si Horaldo era más alto, que si Heraldo más lento o uno de los dos más divertido que el otro. Todo era en vano. Lo que uno estudiaba lo aprendían los dos y ambos compartieron siempre heridas, risas, y orgasmos, por mucho que no estuvieran haciendo la misma cosa o se encontraran en lugares diferentes. Si Horaldo robaba la miel de los panales del Pulga, Heraldo brincaba de pronto pinchado por mil agujas. Si Heraldo se escabullía por los corrales con Angélica la fácil, Horaldo sentía de pronto como si se estuviera muriendo con los huesos derretidos y el Nirvana entre las piernas. Lo que le ocurriera a uno, fuera lo que fuese, repercutía en los dos de forma simultánea y paralela.

       Con el tiempo, la gente del pueblo terminó por utilizar ambos nombres de manera indiferente y aleatoria, como venían haciendo los hermanos desde siempre, sin preocuparse ya de si el Heraldo de ayer era hoy el Horaldo de mañana o todo lo contrario. Se dieron por fin cuenta de que no sólo no tenía sentido tratar de diferenciarlos, sino que además era imposible. Heraldo y Horaldo fueron siempre un mismo ser ocupando dos espacios, viviendo en dos cuerpos iguales, o viceversa.

       Cuando dejaron la escuela probaron a ganarse la vida pintando retratos por encargo, pero había algo en sus cuadros, en las caras que pintaban, que hacía recordar con nostalgia tiempos pasados o por venir. Aquellas caras dejaban en quien las miraba una incierta sensación de déjà vu, un contento apenado o una triste alegría. Tal vez fue por eso que la gente empezó a encargarles retratos de los difuntos. Por aquellos entonces, se acostumbraron a vestir de riguroso negro enterizo, Horaldo a fumar en pipa y Heraldo a caminar con bastón… o viceversa. 
       —Por fin les podremos distinguir —dijeron en la taberna. Se equivocaban. Pronto se percataron de que Heraldo y Horaldo intercambiaban sus vicios con la misma indiferencia que lo compartían todo, y la pipa y el bastón pasaban del uno al otro sin poder saberse nunca cual fumaba ahorita o de quién era el bastón.

       Arantxa Dos Fuegos se enamoró primero de Horaldo. Luego, incapaz de distinguirlos, se enamoró de los dos... y los dos la correspondieron. La tarde que se presentaron en la iglesia con la intención de casarse, el Padre Anselmo no daba crédito a semejante estampa:
       —Pero, a ver, ¿quién se casa aquí con quién? —preguntó iracundo ante la novia y los novios.
       —Pues nosotros con ella, claro —contestó Heraldo encogiéndose de hombros.
       —¿Pero como queréis que la case con los dos? ¡Eso sería bigamia… o adulterio, o quizás ambas cosas a la vez! ¿Pero es que estáis todos locos?
       —Cáseme entonces con uno —dijo Arantxa indolente intentando zanjar el problema.
       —Ah, y… ¿Con cual quiere usted que la case, si puede saberse? —volvió a tronar el cura.
       —Con el que usted quiera, padre. Nunca sé con cual estoy…

       El padre Anselmo, que siempre había visto la mano del Maligno tras todo ese asunto de los hermanos repetidos, los echó de la iglesia a bastonazos, pero dio igual. Esa misma tarde se casaron los tres en una ceremonia pagana oficiada por un Amador muerto de la risa, en la taberna de Bienvenido. La parranda duró dos días y seis noches y ni Segundino Meléndez quiso perdérsela, allanándole la vida a Sandalio, el vagabundo de la sonrisa triste, para la ocasión. 

       Juntos, los tres, tuvieron ocho hijos, todos varones y siempre de a uno. Cuando los veían jugar, en un válgame dios de críos despeinados y contentos, Heraldo y Horaldo solían comentar: “Pobres, están todos tan solos…”.

       Heraldo murió una tarde de miércoles mientras pintaba el retrato de un difunto en Nubesclaras, a dos bosques y una ciénaga de la aldea. Cuando vio a la muerte venir, recogió sus pinceles apurado y se disculpó con la viuda:
       —Discúlpenos, Doña Marta, no nos alcanza para terminarle el cuadro, nos morimos en un rato. Hágame usted el favor de hacerme llevar con mi hermano lo antes posible.
       —Pero usted… ¿cuál de los dos es?
       —Yo, mi querida señora, he sido siempre mi hermano —dijo y cayó fulminado sobre la moqueta.

       En ese mismo instante Horaldo, que se hallaba leyendo en la casa con la mujer de los dos, levantó la vista y dijo:
       —Arantxa, mi amor, haz que busquen a mi hermano y que lo traigan cuanto antes, que acabamos de ver a la huesuda y nos vamos a morir. —luego cerró el libro con cuidado marcando bien la página, por saber más adelante dónde iba, y se murió así, sin más.
       —¿Y de qué se murieron? —preguntaba la gente.
       —Dicen que de muerte, de muerte repetida. ¿De qué más se iban a morir? —respondía la gente.

       Los cadáveres de Horaldo y Heraldo estuvieron llorando bajito hasta que los colocaron de nuevo juntos, en la caja que construyera Amador aquella misma noche con la madera de dos árboles gemelos. El entierro fue en el Prado de los Olvidados, donde pocos años antes enterraran a Buenaventura, junto a los apóstatas, los suicidas y a la gente de dudosa condición. Seis meses después, una noche con dos lunas, Arantxa Dos Fuegos dio a luz a dos niñas idénticas, tan difíciles de diferenciar como una gota de agua de sí misma. Ambas llegaron al mundo con una deformidad temporal que las hacía, por ejemplo, asustarse segundos antes de un trueno o llorar la víspera de una desgracia, anticipando, a menudo y sin querer, los efectos a las causas. Pero eso ya… eso ya es otro cuento.

Para Anita Dinamita,... porque .

12 Dejaron su rastro:

Blogboreta

¡¡¡ Guau!!!

Inmenso, inmenso.

Hermoso, hermoso.

Sin palabras, sin palabras.

Doble aplauso. :* :*

Blogboreta

Me lo llevo donde vive mi cerdita. Si alguien más lo lee, será afortunado.

Patricia Nasello

Al papel, Kum*!!!!
Estas historias, esta magia, esta ternura, y libertad, y amor, deben quedar en un libro. Se lo han ganado.
No tengo un sombrero para entregarte. Tendrás que conformarte con mi aplauso.
Y un abrazo

Elysa

Yo tampoco tengo sombrero, hago una genuflexión ante esta historia tan hermosa y libre, no, mejor hago dos, genuflexiones, digo.

Besitos

Malena

¿Vos sos gallego en serio? Los relatos de Amador podrían ser parte de una antología latinoamericana.

Son .... para qué te lo voy a decir si ya lo sabés ... impresionantemente buenos.

Kum*

Gracias, gracias, Blogbo.

Lo del papel es sólo cuestión de tiempo, Pati,... y de dinero.

Sí, Elysa, mejor dos. Que ellos se las repartan :)

Sí, Male, gallego de Madriz, ya ves. Lo que pasa es que he mamado de muchas tetas latinoamericanas. Tal vez sea eso lo que se note. Para mí, no hay color. Y se me nota.

Besos payasos a todas, y gracias gracias por pasar,... por leer.

Maite

Bravo, bravo, bravo, estás tejiendo unas historias que bien se merecen una recopilación.
Como yo no uso sombrero ¿me prestas uno de los tuyos para dejártelo? ;)
Besos

Anita Dinamita

Ay, mi payaso preferido... cómo me ha gustado esta historia. Y mira, ya anticipé la siguiente. Qué desastre ¿no era que no se podía anticipar? pero claro, ahora conociendo a Heraldo y Horaldo ya lo entiendo. Usted no anticipa nada, sino que siente antes que los demás
Gracias, gracias, gracias, dejo aquí mi reverencia y me llevo mi abrazo para entregarlo lo más tardar esta mismita semana.

Anónimo

Aunque no lo parezca sigo desde noviembre por aquí. Emocionándome cada vez que cuelgas un nuevo relato. Es como tomar un bombón relleno de bombón y con la boca llena no puedo hablar......
Eres grande amigo mío.
Un beso enorme.
Oma

Sara

Cada vez que paso por aquí se llena un vacío literario que ni sabía que tenía.
Siempre me llena una sensación indescriptible que únicamente se compara con la que acompaña a los buenos libros y las buenas historias, asi como la creciente necesidad de seguir leyéndote.

Mis sinceros agradecimientos, aplausos y reverencias... y en este caso que sean en duplicados.

Kum*

Se tejen solas, Maite. Yo sólo soy un payaso con un lápiz.

Me olía que te iba a gustar, Ana. Por eso es para vos.

Tú sí que eres un bombón, Oma. Nos vemos prontito, prometido.

Sara, Tus palabras son música para mis oídos... y mi vanidad :) Gracias, gracias.

Un beso payaso a todas. Gracias por ser tan lindas, por pasar, por comentar.

Mon

Leerte es como ver una fotografía de esas antiguas que están aparentemente olvidadas...reconoces a los conocidos y a los que aún no han llegado...no sé explicarme mejor, no comparto tu don de plasmar con el lápiz lo que te dictan las historias, pero sé que cuando te leo siempre siempre se me llena el corazón de una alegría tranquila y a veces, bastantes, los ojos de lágrimas, aunque esta vez las sonrisas ganaron. Leerte es como estar en un paraiso tranquilo y no querer irse. Un beso y una payasada.

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