sábado, 31 de marzo de 2012

Cuentos de Amador.

10. Aroa.























Aroa habitaba el presente. No entendió nunca de mañanas ni de ayeres. Vivía su vida sin más, consumiendo los instantes como quien saca agua del mar. Pequeña como un santiamén y bella como un orgasmo, sentía una cercanía innata y un cariño natural por todos los seres con los que compartía el planeta: personas, animales, plantas, pero también por las rocas, el fuego, la lluvia, el viento, la pradera o la montaña.

Aroa no lloró nunca. Nació con los ojos abiertos, celebrando con balbuceos la alegría de una nueva vida. Aquel día no murió nadie, ni cerca ni en ningún sitio. Ni siquiera fue miércoles, lunes o domingo, no llovió, no hizo frío ni calor. Nada. Aquel día sólo ocurrió su llegada al mundo.
La comadrona que asistió el parto estuvo un rato dándole vueltas al bebé buscándole las alas, convencida como estaba de que aquella criatura tenía que ser un ángel, por su belleza, su felicidad y la calidad de su piel, que tuvo siempre la textura de los momentos alegres.

Sus padres, Sol y Luna, eran dos hippies practicantes del amor libre que creían a su manera en dioses de su propia invención. Dioses con cabeza de animal y nombres impronunciables que tallaban ellos mismos en el corcho de los árboles. Varias veces estuvieron a punto de asfixiar a la niña Aroa con el humo de las velas y los inciensos con los que celebraban sus días sagrados, que eran uno sí y otro también. Eran adictos a los abrazos y vegetarianos recalcitrantes, claro, pero su hija fue más allá. Se alimentaba exclusivamente de los frutos y las flores que se desprendían a su paso de los árboles y las plantas con los que solía hablar. Jugaba con las pirañas del río y los escorpiones velaban su sueño. Nunca le temió a nada, nunca nada le hizo daño.

Una noche de equinoccio a sus padres se les fue la mano con los hongos alucinógenos y agarraron un globo tal que salieron flotando hacia el sureste cantando mantras inventados y no regresaron jamás. Aroa esperó tres días y tres noches contando hormigas. En el cuarto amanecer le prendió fuego a su casa y puso rumbo a su destino, llevando sólo en su bolsa un reloj que daba el Ahora y una brújula payasa que señalaba el Aquí.
Atravesó las Montañas del Norte escoltada por los lobos que cuidaban sus descansos, recorrió las Ciénagas del Olvido a lomos de los caimanes, y llegó por fin a los bosques que desde siempre se le aparecieran en sus vigilias. Fue allí donde los búhos le guiaron hasta el sendero que terminaba en la plaza.

El día que llegó Aroa no murió nadie en el pueblo ni pasó nada en la aldea. Sólo ocurrió su llegada.

Al verla pasar los vecinos se daban la vuelta para mirarle las alas, convencidos de que era un ángel por la expresión de sus ojos y el matiz de su sonrisa, que tuvo siempre la cualidad del contagio. El padre Anselmo, cercano ya de la muerte, pensó que era un querubín que venía a anunciarle algo. La China, al barruntarla en el bosque, recordó con cierta nostalgia los tiempos ya remotos de las hadas. El Pulga se enamoró de ella sin haberla visto siquiera, cuando las bestias fueron al prado a contarle de su llegada. Buenaventura se la cruzó camino de la taberna y ya sentado en su mesa, después de un trago de ron, dijo como para nadie:
—La vida se vive a sí misma.

Amador fue el primero en saludarla. Deslumbrado por su belleza y ahinado por el aroma como a rosas que desprendía, sólo acertó a quitarse el sombrero y a decir a trompicones:
—Bienvenida…
Aroa se le acercó y lo abrazó de puntillas. Él, sobrecogido, respondió como pudo al abrazo, como con miedo a romperla, y así estuvieron durante más de tres horas, paraditos en la plaza, sintiéndose el uno al otro, mientras el resto del pueblo desfilaba alrededor murmurando cosas sobre el amor y la dicha.

Desde que la niña llegara, la meteorología, que el padre Anselmo consiguiera meter en vereda a base de procesiones ya tantos años atrás, volvió a olvidarse del calendario y llovía, hacía frío o calor, no cuando era de ley, sino cuando a Aroa se le antojaba. Tal era su conexión con el universo que jamás tuvo que pedirle nada. Le bastaba por ejemplo con desear un día nublado para que el sol  fuera haciéndose el despistado a esconderse trás de un cirro o un estrato. Amanecía cuando ella despertaba y la noche llegaba con su sueño.Y así fue que las estaciones se acomodaron a sus caprichos y las cosechas a sus antojos. Nunca hubo en la aldea tomates de aquel tamaño, tal abundancia de todo, ni se había visto antes semejante orgía floral por todos lados. Bastaba con que la muchacha Aroa pasara por un cortijo, una calle o una cueva, para que al rato en aquel lugar florecieran hasta los caracoles.

Aroa no se murió. Se despegó del suelo una tarde, como aquella vez sus padres, y se fue volando quedito rumbo a su nuevo destino, acaso cerca del cielo o en algún lugar mejor. El día que se marchó no pasó nada en el pueblo, ni murió nadie tampoco. Sólo ocurrió su partida. Quizás al Pulga en su prado se le escapara un suspiro de más, al padre Anselmo en su tumba un ya era hora envidioso y a Bienvenido en su tasca una lágrima de menos que se enjuagó con el trapo de sacar brillo a los vasos mientras el colibrí, posadito en su hombro izquierdo, dormitaba feliz una de sus siestas diminutas.

Su marcha les dejó a todos la nostalgia alegre de haber conocido a un ángel y la certeza contenta de que los seres de luz nunca se van del todo aunque no se queden nunca.


 Este cuento va, revoloteando, hasta Blogboreta.
Juanlu me regaló estas dos Aroas tan maravillosas: 


                                                                                          

16 Dejaron su rastro:

Blogboreta

Me encanta... Siento tantas cosas ahora mismo.

Gracias, es un regalo bellísimo. Y se me ha ocurrido una tontería, pero esa te la diré luego, bajito.

Muaaaaaaaaaaas!!!

Mon

Preciosisísisismo....hay que ver lo que dan de sí 50 minutos, verdad? gracias payasito lindo, es un regalo para todos los que te leemos.

Su

Qué lindo...

Y nada más.

Abrazos

Belén Lorenzo

Ay, Kum*, qué bien escribes, y qué largo... :)
Es hermosísimo, me encantó la insistencia en buscarle las alas.
Un abrazo.

Juan Luis López

Cuando nos acarician el alma no hay nada más...

Un abrazo payaso!!

Elysa

No necesitan quedarse, ya han pasado y han hecho su regalo.

Muy hermoso, Kum*

Besitos

Sara Lew

Muy bello el cuento, preciosos los dibujos de Juanlu. Abrazos.

Ximens

Llego desde Juanlu. Veo que tus Cuentos de Amador merecen ser leídos de una atacada. Me ha gustado tu forma de contarnos la vida y desvida de Aroa. Poco a poco te seguiré.

Y Jualu creo que también tiene alas.

Miguelángel Flores

Sí, yo también creo que era una angel, y estoy seguro por cómo lo expresas. Lo haces de maravilla. Precioso cuento.
Saludos

Kum*

Vaya por dios!!!... ya se me está llenando esto de gente interesante. Este Juanlu es de lo que no hay. Es decir,... único.

Gracias y besos payasos a todastodos.

Aurora Ruá

Bravo!!

Anita Dinamita

Maravillosa Aroa, una gallega de ninguna parte en los jardines de Kum* ¿pero qué digo? me estoy liando...
Me ha llorado la risa al leerte, una vez más, amigo payaso.
Abrazos

Rogério Santana

Quanta beleza! Me encantei com esse conto! Saludos.

Puck

Me gusta ese habitar el presente, y estos días me quedo especialmente, tú ya sabes, con ese "Aroa no murió..."
saludillos

Ángeles Sánchez

...nunca se van del todo aunque no se queden nunca...

precioso todo

y sin palabras me voy,

besos

Miriam M.

Qué bien, Kum. Cuánto has escrito desde que yo desconecté del tema de los micros. Eres un artista. Besos. Yo quiero ser Aroa.

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