miércoles, 25 de abril de 2012

Cuentos de Amador.

11. Las dos llegadas del Padre Anselmo.




















Nunca antes había llegado nadie con la intención de llegar, y mucho menos con la intención de quedarse.
Aquel miércoles de marzo hacía ya tres semanas que una lluvia despeinada aturdía a las ovejas, confundía el contorno de todas las cosas y borraba de los corazones los anhelos y las penas con esos aplausos del agua que apagan la voz del mundo. Cuando entró por primera vez en la aldea, con su caminar de obispo y su mirada de anciano, la lluvia se detuvo a verlo pasar y tal fue su impresión que no volvió a caer hasta dos meses más tarde. El padre Anselmo, embutido en su eterna sotana negra, cruzó la plaza en dirección a la iglesia como un viento cargado de oscuros presagios, recorriendo sin vacilar un camino que no había visto sino en sueños. Al llegar a la iglesia, encontró las puertas abiertas y las estancias vacías. Un arrullo de palomas y un dormir de murciélagos lo recibieron en el altar mayor, donde lo esperaba una cruz deshabitada. Antes de instalarse o hablar con nadie, se dio a las tareas de desahuciar a todo bicho anidado en los rincones, limpiar los ámbitos de espíritus herejes y crucificar de nuevo al Cristo que años antes…
Pero, un momento, tal vez lo mejor sea empezar por el principio, al menos por esta vez.

         Huérfano de padre y madre desde antes de nacer, Anselmo fue descendiente de una estirpe de militares heroicos que terminaría en él. Al menos un antepasado suyo había muerto en cada una de las guerras de los últimos cien años y se daba por sentado que todo varón en su familia emprendería una carrera militar que, con un poco de suerte, terminaba de forma sangrienta en algún campo de batalla para gloria y orgullo de su apellido. Él, sin embargo, tuvo desde muy niño un carácter recóndito y pusilánime y se ahinaba con sólo imaginar los rigores de una guerra.
—¡Este escuincle nació cobarde! —solía bramar su abuelo, el General Lósimo Cienarmas, cuando el niño Anselmo se echaba a llorar con los relatos bélicos que le contaban al acunarle.

Sus pesadillas fueron desde siempre concurridas por lamentos de difunto, coroneles putrefactos que hervían en sus propios jugos y madres recogiendo del lodo lo que quedaba de sus hijos mutilados, hasta que a los doce años tuvo una revelación: la vida monacal sería la única vía que habría de librarle sin humillaciones de su destino castrense. Así, estudió en secreto las escrituras y empezó a simular éxtasis y estados de trance. Ponía los ojos en blanco, recitaba versículos salteados de salmos en latín y aseguraba que la Virgen se le aparecía en sueños. Para su abuelo, hombre de recias costumbres y rancho cuartelario al mediodía, aquellos ataques no eran sino melindres propios de una niña malcriada, e intentó sacarle a bastonazos aquella santidad equívoca hasta quedar exhausto. Cuando empezó a sospechar que la vocación del muchacho era cosa incurable, se deshizo resignado de aquel mequetrefe asustadizo metiéndole de interno en el Monasterio de los Hermanos de la Paz y se olvidó de él para siempre. Aquella misma tarde borró al  niño Anselmo de los libros de abolengo de los Cienarmas.

Las pesadillas de la guerra terminaron la misma noche que Anselmo durmió por primera vez en el seminario. Allí y con el tiempo, de tanto contar su mentira, terminó por creérsela él mismo y empezó a soñar con la Virgen. En esos sueños ella le hablaba de un lugar dejado de la mano de dios; de un pueblo que no estaba en ningún sitio donde todo sucedía al margen de las leyes naturales o divinas. Un pueblo con una iglesia sin cura, donde Cristo, sanado de sus heridas, reposaba cómodamente en un colchón.
Cuando el padre prior escuchó los rumores sobre los sueños de Anselmo, casi se muere del susto y lo hizo llamar con urgencia.
—¿Pero de dónde sacas esos cuentos, Anselmo? ¿No sabes que es pecado capital inventar apariciones?
—No son pecados ni cuentos, padre Higinio. En mis sueños la Virgen me habla de ese lugar.

Entonces el padre Higinio, venciendo su desconfianza, le contó al muchacho Anselmo cómo un miércoles lluvioso de hacía ya cuatro lustros, lo mandaron llamar de madrugada para dar la extremaunción a un carcamal de cien años que andaba muriéndose desde hacía más de un mes y decía llamarse algo así como Jack “Lendon” o “Lindon” o… bueno, qué más da. Aquel viejito moribundo no paraba de hablar sobre un lugar de locos al que sólo se podía llegar perdiéndose uno en un bosque; un lugar en el que los ríos cambiaban de sitio según el día de la semana y amanecía al revés; un pueblo endemoniado con una iglesia sin cura que servía de refugio a las palomas; una aldea donde las viejas caminaban sobre las aguas, las cosas carecían de nombre y la gente, que no entendía de dioses y sabía pedir perdón, se reía lo mismo de la vida que de la muerte.

Y así fue que el niño y el anciano se miraron en silencio sellando un pacto de vida. Anselmo se echó a llorar al ver en aquello señales inequívocas de un destino épico que le redimiría de sus cobardías adolescentes. Encontraría aquel pueblo y sometería a aquellos salvajes al redil de Dios Nuestro Señor o se condenaría en el intento.
Se ordenó sacerdote en un tiempo record con la complicidad y la tutela del padre Higinio y siendo aún un muchacho imberbe, salió en busca de aquella aldea armado de una biblia, una bolsa llena de oro y la determinación de un iluminado. Cuando perdía el rastro marcado por los delirios de Jack Landon, simplemente buscaba posada y se echaba a dormir, esperando que la Virgen le indicara el camino. Tres años y media bolsa de oro después, llegó al bosque y más tarde al pueblo, a donde por primera vez llegaba alguien con la intención de llegar.

Anselmo fue recibido con la misma alegría y la misma curiosidad con la que recibieran al mismo Jack Landon hacía ya casi un siglo. También con la misma guasa, fieles a su naturaleza contenta y naif.

Cuando se presentó como “el padre Anselmo” le preguntaron que padre de quién y al responder que de todos empezaron las chacotas y los codazos entre vecinos, que veían en aquel extraño muchacho disfrazado de mujer enlutada otra ocasión para homenajear a la vida con una nueva fiesta de risas compartidas.
Cuando les habló de los milagros de los Santos, ellos le contaron de las magias de la China; al hablarles del Temor de Dios, ellos no entendieron nada y cuando intentó crucificar al Cristo que desde los tiempos de Jack Landon descansaba en un colchón, se convocó una asamblea extraordinaria en la que, después de escucharse argumentos a favor y en contra, se llegó al consenso unánime de que Cristo Nuestro Señor, “el flaco” para los vecinos, se subiría a la cruz los días que hubiera misa, nunca por más de tres horas, y luego volvería a su colchón.

De una noche para otra, el padre Anselmo dejó de soñar con la Virgen, para siempre y un día más. Estupefacto al principio e iracundo después, se reconoció incapaz de manejar aquel asunto sin ayuda. Todos en aquella aldea del demonio parecían sufrir un retardo mental que les hacía  reírse hasta de lo más sagrado y no hacer caso de amenazas o malos agüeros, y pronto empezó a sospechar que detrás de aquella aparente subnormalidad se escondía un complot diabólico urdido por el Maligno para burlarse abiertamente de él, al tiempo que le pudría la misión que el padre Higinio le encomendara.
Así, con un rencor creciente que le haría perder el cabello en pocos días, ardiéndole en las tripas la sensación de fracaso y los deseos de venganza, cerró a cal y canto la iglesia, colgó un cartel de ahora vengo y dejó el pueblo con la intención cierta de regresar muy pronto con unos cuantos aliados y las fuerzas renovadas.

Tardó seis años en volver y lo hizo acompañado de un pelotón de ocho hombres al mando del teniente Meléndez, un alcalde barrigón con su mujer y tres hijas, un censor con bigotito burocrático y zapatos de enterrador, veinte huérfanos de las guerras de los Cienarmas y una bandada de monjitas ataviadas con el blanco impoluto de la orden de la Virgen de las Nieves. Entraron en el pueblo, derrotados y harapientos, de la mano de Isabelo-Segundo del Yunque y Zas, que se los había encontrado en el bosque pulguientos y muertos de hambre, buscando desesperados el sendero que sólo podía encontrarse si no se le quería encontrar y que acababa en la plaza por el lado de la fuente. Ninguno de todos ellos salió nunca más del pueblo.

La segunda llegada del padre Anselmo supuso un cambio en el devenir de todas las cosas y haría que, con el tiempo, el pueblo fuera perdiendo su idiosincrasia indomable y su casual sinrazón. A base de procesiones, novenas y padres nuestros, con una determinación inquebrantable, puso orden y concierto, fue domando de a poco la meteorología aleatoria y el carácter cambiante y despreocupado de aquellos lares, e instaló en su lugar una desmemoria y una ambición de progreso desconocidas hasta entonces en la aldea. En pocos años el pueblo habría de entrar definitivamente en la rutinaria Era del Hombre.

Así fue que fueron las cosas, normales y previsibles, hasta que muchos años más tarde, como anunciara la China un atardecer de octubre, nació un niño con los ojos abiertos y riéndose de todo. El año que nació Amador todo empezó a ser como antes, sin aspavientos o escándalos, sin prisas y de a poquitos, como ocurren de verdad los cambios que se quedan para siempre.

Y cuentan que cuenta el cuento que muchos años después, una noche sin dios ni luna, el padre Anselmo volvió a soñar con la guerra, con soldados mutilados que le llamaban sin lengua y lloraban bajito,… y no volvió a despertarse.

14 Dejaron su rastro:

Humberto Dib

Un relato magnífico, Kum, la trama, el lenguaje que usas, el personaje... no tienen desperdicio.
Sin dudas que podrías extenderlo un poco y convertirlo en cuento, pues siento que eso es lo que pide.
Un gran abrazo.
HD

Ángeles Sánchez

Estoy por decirle que no voy a leer más sus cuentos hasta que no lleguen todos y de una vez al papel. Pero...no puedo resistir la tentación de leer sus maravillas hechas de letras, me abducen sin más, y yo feliz.

Besos pre-payasos

Su

Muy bueno... sus historias siempre fascinando.

Continúo a la espera de más personajes...

Abrazos

Anónimo

Tu si que me aturdes a mí....
En menos de una semana he tenido que ir dos veces a misa, en dos lugares distintos. La primera pensé : "no vuelvo a oir una misa"; la segunda pensé: "jóder, que bonito lo que ha dicho este tío".
En fin......el día y la noche, como tiene que ser.
Me vuelven loca tus cuentos.
Oma

Mon

A mi esta aldea me fascina, y sus habitantes, hayan llegado, una, dos o mil veces, me enamoran...leerte es como sentirse en el hogar, independientemente de las paredes que haya a mi alrededor, y esa sensación me resulta entrañable, tierna, descarnada a veces, cómica...cuando un hogar está construido sin muros, uno siempre quiere volver a casa...y aquí y ahora me siento así. Mil besos Kum*.

Malena

http://www.youtube.com/watch?v=8xd6sXAbJd8

Primero, va esta canción de regalo para Amador.

Malena

Como me transportás a ese mundo, Kum. Estoy viendo al padre Anselmo (que sería sacerdote pero llevaba un Cienarmas dictador adentro, sin duda), al pueblo libre, al otro ... al domesticado. Todo lo veo a través de tus letras.

Un beso enorme.

Elysa

Yo solo quiero dar las gracias por ese tiempo que he robado a mis pesares mientras navegaba por esta casa. Hoy la tarde, a pesar del padre Anselmo, es más interesante.

Besitos

Kum*

De corazón, muchas gracias por seguir acompañándome en esta aventura que supone ir narrando las vidas y las muertes de las gentes de este pueblo... como se llame.

De corazón contento y lleno de alegría.

Besos payasos a todastodos.

Arte Pun

Me gustó el cuento Kum. Los fantasmas del protagonista son los esperados. El aparente caos del escenario, metafórico tal vez, es un desmesurado lujo al servicio de un señor -pobre- que por mucha sotana que lleve no pasa de ser una persona más, casi como las viejas que caminan sobre el agua. Como dice Humberto, creo que hay material para algo más largo. Pero en fin, yo de esto no tengo ni idea, tu allá, no me vayas a echar luego las culpas de nada.

Abrazos

Ximens

Kum*. Me ha encantado. Creo que es la primera vez que te leo el cuento completo. Empecé en un momento dado la lectura (no recuerdo qué entrega de Amador) y me asusté de los enlaces y me dije que esto era una novela, y lo dejé. Hoy entro y decido leer las dos llegadas del padre Anselmo, y creo que es un relato que sobrevive por sí, sin necesitad de saber quien La china y demás historias ya narradas. Me ha gustado el como juegas con las palabras y la ironía. Creo, que efectivamente esto debe ser un libro para leerse mejor en papel. A ver si poco a poco te leo más. Volveré a este realismo mágico.

Kum*

Gracias Ximens, por el esfuerzo. Te lo has currado jajajajaja... La idea, en realidad es exactamente esa, que cada cuento pueda leerse sin ir a los enlaces, que son simplemente parte de un juego, un mero ofrecimiento a seguir la saga en un orden aleatorio.

Gracias por pasar, leer (tanto) y comentar. Serás bienvenido siempre que vengas, por supuesto.

Besos payasos.

Blogboreta

Mariposas amarillas.... y besos.

Anita Dinamita

Y el padre Anselmo pensaba de verdad que había dejado atrás la lucha??? no sabía donde se metía.
Me gusta mucho el tempo de este pueblo, en cualquier momento las cosas pueden ser de la manera que quieren.
Voy a dejar de esperar más personajes, voy a vivirlos hoy, mejor.
Abrazos

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