sábado, 28 de mayo de 2011

Utopía... IV



     Ayer viernes, las compañeras de la acampada de Barcelona dieron una lección de coraje, civismo, movimiento pacífico... de valentía. Después del salvaje intento de desalojo, la gente volvió a tomar la Plaza de Cataluña. Allí siguen. Seguimos.

     No tengo palabras para expresar mi repulsa a las fuerzas policiales y a quienes ordenan semejante atrocidad desde sus confortables despachos. Tampoco para expresar mi admiración y mi solidaridad con la gente. No hay palabras.

     No hay palabras para explicar esto.

     Seguimos, cueste lo que cueste.

     Tengo el corazón a la intemperie.
   

miércoles, 25 de mayo de 2011

Utopía... III


















     Hola a todastodos.

     Disculpen las molestias pero, pese a quien pese,... seguimos aquí. En Sol.

     Es posible que ya no nos saquen en la tele, que no nos den la primera página, que no seamos ya la comidilla ni la novedad. Pero sentimos comunicarles que seguimos aquí. Trabajando sin descanso, duro, cada día, todos los días. Organizándonos, conociéndonos, consensuándonos. Cada día. Todos los días.

     Estamos proponiendo asambleas en los barrios, en los pueblos. Entregando el testigo a su legítimo dueño. A la gente. No nos vamos. Seguimos aquí. Y seguiremos incluso cuando ya nadie nos recuerde. Cuando nos hayamos ido. Porque las revoluciones nunca mueren, porque siempre nos enseñan algo. Y este movimiento, acabe cuando acabe, termine como termine, nos está educando a todas por el mero hecho de estar sucediendo.

     Cada día. Todos los días.

     "¿y a tí, cómo te gustaría que acabara todo esto?" -me pregunta una joven, apenas una niña. "Esto no se acaba, hermana. Siempre va a estar en nosotras. Muy adentro. Para siempre".




     Ya más de una semana con la dieta de la revolución. Comer cuando te acuerdas, dormir casi nunca... y mucho Sol. Ni en el Caribe mexicano se me mete tánto Sol dentro. Ni en mi rincón tranquilo se me quemó así la cara. Estoy lleno de imtemperie, de gente bella, de sueños y tareas, de revolución.

     Estoy feliz y exhausto. Tal vez más lo primero que lo segundo... y tambien, viceversa. Tengo el corazón contento, el cuerpo cansado y la mente embotada, como mensa. Me cuesta pensar y se me olvidan los mandados. Por eso me cambio de grupo. Empecé trepando farolas, barriendo, montando. Luego organizamos las asambleas, cada vez mayores, de mil, de cuatro mil personas. Ahorita que todo funciona como un reloj, necesito descansar... la mente. Ahorita me dedico a dar masajes a las compañeras que lo necesitan. No importa qué se hace, cómo se echa una mano... lo importante es estar. Aquí, ahora. Cada día. Todas juntas... seguimos.

     Me viene un pensamiento que me hace reir: Una vez, antes de todo esto, una ranita encantada me llamó masajista de almas. Tal vez, si me viera ahora, me diría masajista de revoluciones.




     Otros, desde sus pedestales, nos han llamado de todo. Títeres del Psoe, de Eta. Marionetas de una mano en la sombra que ideó todo esto en el mismo despacho en el que se piensa ahora cómo pararnos. Nos llaman más cosas. No les gustamos, y es que no les gusta la soberanía popular. La temen, les parece obsceno, les da asco. A unos y a otros. No me importa. Esto está sucediendo, eso es lo importante. Estando aquí uno se da cuenta de que nadie nos maneja. La gente es soberana. Aquí. Ahora. Mañana no existe.

     Nos llaman antisistema. Bien, conmigo aciertan. Siempre me sentí antisistema. Anti-este-sistema, claro, siempre. No es saludable estar bien adaptado a un sistema profundamente enfermizo, enfermo. Creo que fue Krishnamurti quien lo dijo. Pienso igual. Nos venden la imagen de descerebrados rompiendo escaparates. No. No rompo escaparates. Soy, profundamente, antisistema. Claro.




     Echo de menos mis cuentos. Las musas vienen a soplarme al oído y me pillan barriendo las calles de la revolución y les tengo que decir "ahora no, ¿no veis que ando ocupado?", o se equivocan de oreja entre la multitud.

     Echo de menos mis cuentos. Pero estoy viviendo el más bello. El de la gente en la calle. El de la gente despierta. El de la voz del pueblo.




     Me fallan las fuerzas. No les aburro más. De otra forma, a su manera, con su pluma de oro, nos lo está contando también Enrique Páez en su bitácora. La voz de Sol, la podéis encontrar aquí.

     Ahorita les dejo, mis queridas amigas y amigos. Permítanme morirme un rato. Al rato me esperan en Sol. Y es de mala índole hacer esperar a la revolución.

     Chau. Se os quiere.
    

jueves, 19 de mayo de 2011

Utopía... II












     Llego a casa. Es ya muy tarde. Estoy molido. Me duele todo. Tengo el alma feliz. Pienso en acostarme,... pero antes, quiero contaros.

     El campamento que volvimos a montar ayer permanece. Se decide en asamblea mantenerlo hasta el viernes o el sábado. Todos los días, a las 20:00 horas, concentración. Todo el mundo en Sol.

     Se han formado comités, comisiones, grupos de trabajo. De acción, de coordinación interna, de alimentación, de limpieza, de infraestructura. Durante toda la mañana, entre ojeras y legañas, se suceden asambleas. Allí tratamos desde los objetivos y los medios de lograrlos hasta los detalles más domésticos de "hay que dejar dormir por la noche, compañeros", "hay que coordinar mejor las comisiones" o "aquí no se bebe, esto no es un botellón". Las comisiones funcionan... cada vez mejor.

     Llega la noche. Miles de hermanos y hermanas. Cientos de miles. Otra vez. Y con la noche, los gritos, los abrazos, los besos, la emoción. Lo estamos haciendo. Está pasando. Aquí, ahora. No les ha servido prohibir la concentración. Aquí estamos. Nos quedamos.

     Llegan noticias de otros campamentos en España. Estamos ya unidos en tiempo real gracias a las nuevas tecnologías. Y, de pronto, noticias de París, de Londres, de Berlín. Se ha extendido. Estamos también en Europa. En Bruselas los han levantado a la fuerza. Lo volverán a intentar. Ovaciones, más abrazos. Lágrimas. Más noticias. Estamos también en Buenos Aires. "Tranquilos, compañeros, está por confirmar".

     Cientos de miles. Todos bellos. Conscientes. Felices.

     Un chaval joven, flaco, despeinado, se me acerca (imposible estar más cerca... ni más lejos, no hay espacio). Nunca lo había visto. "Tengo miedo" -me dice en la intimidad, rodeados de cien mil hermanos -"nos pueden masacrar a todos". Yo lo miro mirarme, sonrío, y le susurro al oído "hoy no se me ocurre mejor forma de morir". Él abre mucho los ojos. Me abraza fuerte. Se va.

     No hay partidos, ni banderas. Sólo gente. Haciendo su revolución.

     Hoy somos más. Sabemos que allá, arriba, nos miran con preocupación, con furia. Da igual. Aquí estamos. Para siempre, hoy. Mañana no existe.

     Quería contároslo. Ahora me puedo morir tranquilo... un rato, hasta mañana. Luego tengo que volver a mi Plaza. A la de todos.

     Ahora me voy. Se os quiere.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Utopía...




















     Hoy no vengo a contaros cuentos.

     El payaso Kum* se ha quitado la nariz y el sombrero. Ahora soy uno más. Como siempre. Unos más entre los miles que están en la calle diciendo basta.

     Ayer, a la vejez viruelas, me la pasé trepando farolas, amarrando cuerdas, levantando tiendas hasta que las fuerzas me aguantaron. Aquí, en la Puerta del Sol de Madrid.
 
     Seguro que ya lo has visto en la tele. Estamos aquí exigiendo un cambio. Este es un movimiento sin banderas, sin pegatinas. Ajeno a partidos mafiosos o sindicatos subvencionados que son, a la sazón, un engranaje más del sistema. Es un movimiento de gente, de ideas, de anhelos. Queremos cambiar el mundo. Este, el de aquí. Ahora.

     Sé que todo esto puede sonar a utopía. No hay problema. Siempre he dicho que las utopías lo son sólo porque no las intentamos. Yo soy perro viejo. Sigo siendo un soñador... pero no  me engaño. He estado en muchas batallas y las he perdido casi todas. Da igual. Hay luchas que hay que dar aunque estén perdidas de antemano. Hay que darlas porque hay que darlas.

     ¿A dónde llegará este movimiento? No lo sé. Mañana no existe. Ahora estoy haciendo lo que siento que hay que hacer. Estar aquí, ahora. Donde está la gente.

     Durante unos días dejo de escribir cuentos para vivir el más bello de los cuentos. El de la gente en la calle. El de la ilusión.

     Mañana... vemos.

     Tal vez en tu ciudad esté pasando lo mismo. Tal vez te apetezca apagar la tele y bajar a vivirlo. Qué bueno.

     Hasta pronto. Se os quiere.
    

domingo, 15 de mayo de 2011

El viajero.























 
     No podía evitarlo. Simplemente sucedía. De pronto saltaba en el tiempo, se esfumaba de su presente durante unos minutos y aparecía aleatoriamente en cualquier instante pasado o futuro, en cualquier lugar.

     Al principio los saltos duraban apenas unos instantes. Le dejaban perplejo, como atarantado, sin saber muy bien qué le había sucedido. Tardó en reconocer los síntomas que anticipaban cada traslación pero con el tiempo fue entendiendo los mecanismos de su excéntrica naturaleza y llegó a tener una vida más o menos convencional, aunque sus desapariciones le complicaran a veces la existencia. “Otros tienen caspa…” –solía comentar. 

     A cambio, estuvo en lugares y momentos que nadie había visto ni viviría jamás. Pudo, por ejemplo, asistir a su propio parto y conoció la Tierra doscientos años después de la desaparición del último ser humano. “¡Vaya! –pensó entonces– no hemos sido nada”.  

     En otra ocasión se encontró consigo mismo veinte años más joven y estuvo tentado de prevenirse sobre las elecciones que le harían sufrir en el pasado que le esperaba, pero algo le dijo que era mejor dejar las cosas como estaban y se limitó a darse un largo y silencioso abrazo. "Tranquilo –se dijo quedamente–, todo va a estar bien. Yo ya he estado allí" y se esfumó, regresando a su presente.

     Pero quizás lo más apasionante que le ocurriera jamás, fue aquella vez que saltó más allá de su propia muerte. Después ya no hubo miedos, ni dudas. Sólo paz. 

jueves, 5 de mayo de 2011

La Era del Hombre.
















     Cuenta el cuento que hace mucho mucho tiempo, antes de que el mundo fuera como lo conocemos, los hombres compartían su existencia con otros seres que habitaban las eras por derecho propio.

     Eran los tiempos en que los dioses perdían al dominó con los gigantes y los elfos se encargaban de mantener el equilibrio de todas las cosas. Las hadas eran entonces mensajeras de buenos augurios entre los reinos de la vida y la muerte, los gnomos arbitraban en las leyes naturales y las sirenas hacían las veces de guía en las difusas fronteras de lo real y lo inventado.

     Nadie recuerda cómo fue que unos seres con tan poca enjundia y tan escaso saber como los humanos, fueron tomando parte y voz en asuntos y aconteceres que estaban muy lejos de poder manejar. El caso es que el mundo, los días y la existencia misma, empezaron a perder la memoria, el cabello y la razón, y los magos anunciaron el final de los tiempos y la llegada de la Edad del Hombre.

     Los moradores de aquellas tierras fueron adquiriendo poco a poco la textura de los sueños y hubo quienes habitaron desde entonces en odas, mitos y leyendas en espera de tiempos mejores. Otros se ocultaron para siempre en lo más recóndito de bosques, océanos, cuentos y montañas, mientras los dioses, ya enfermizos, daban lugar a las religiones.

     Dicen que las criaturas más intrépidas se camuflaron en los circos, donde adoptaron oficios e identidades que les permitieron seguir existiendo a cambio de vivir vidas errantes en un mundo inane, donde ya nada es lo que era ni parece lo que es.

     Así, los payasos, que en otros tiempos fueron confundidos con los ángeles, se vistieron con grotescas ropas y ocultaron sus rostros tras máscaras tristes que hacían reír a los hombres y llorar a los niños. Cuenta la leyenda que antes de entrar en los circos, los payasos fueron personajes respetados como guardianes del saber sublime que lleva a la felicidad y que tenían la misión de procurar el despertar espiritual y la lucidez en aquellos individuos que les eran asignados. Entonces se encargaban, no de hacer reír, sino de recordar a la gente olvidadiza cómo se hacía para ser feliz.

     Hay quien dice que aún conservan aquel saber y que siguen guardando a buen recaudo los mapas secretos de los rumbos invisibles y los senderos inciertos que conducen inequívocamente a la felicidad. A una felicidad que aún parece lo que es y que es aún lo que era. Es por eso que se ríen. O que lloran, que para el caso… es lo mismo.

     Todo esto cuenta el cuento y muchísimas más cosas. Pero, ¡Bah…! ¿quién puede creer aún en cuentos en la Era de los Hombres?