Horaldo y Heraldo nunca se preocuparon de saber quién era realmente cada cual. Se limitaban a vivir una vida repetida, como quien vive frente a un espejo. Siempre, desde antes de nacer, ambos pudieron sentir la presencia del otro como algo inherente a la existencia. Siempre, tictac, desde siempre. En realidad no concebían que pudiera ser de otra manera. Pensar en la unicidad de los otros les producía cierta perplejidad y una sensación de abandono y soledad difícil de soportar.
En aquellos tiempos las mujeres, después del quinto mes de embarazo, visitaban a escondidas a la China para determinar el sexo, el nombre y la vida que sus hijos iban a llevar. La China protegía la cabaña con inciensos y conjuros y aclaraba con limpias de huevo y humos el aura de la madre para evitar diagnósticos equivocados. Luego besaba la frente de la mujer, posaba las manos sobre su vientre y telepateaba un rato con el ser que estaba por llegar. Así leía el futuro de la criatura y le daba un nombre y unos apellidos que nada tenían que ver con sus progenitores sino con el lugar que iba a ocupar en el mundo.
—Vienen dos —dijo la China aquella vez, confusa, escuchando dos voces que sonaban como una o una voz que sonaba como dos—. No, espérame… mejor dicho, será un hombre repetido. —¿Repetido? —preguntó inquieta la madre—. ¿Y cómo sabré yo cual es la copia y cual el verdadero?
—Nadie nunca lo sabrá, ni siquiera ellos mismos podrán distinguirse.