3. Segundino.

Segundino Meléndez llegó tarde a vivir su vida. Cuando quiso darse cuenta ya no hubo manera. Se acodó en la fuente de la plaza fumando de medio lado y se dispuso a pasar así las eternidades de un tiempo sin rumbo. Observaba atentamente los quehaceres cotidianos de sus paisanos y, al menor descuido, allanaba una vida ajena y la vivía durante unos días hasta que la rutina de una existencia mortal le aburría o alguien denunciaba la tropelía. Entonces, sin alborotos, desalojaba aquella vida dejando las facturas sin pagar y volvía sereno a su fuente.
Vivió así muchas vidas sin vivir ninguna suya. Probó todos los oficios, tuvo todas las edades y sólo una vez fue mujer. Tan extraño se sintió en un cuerpo diferente que antes de poder saber dónde estaba cada cosa volvió corriendo a su plaza jurándose no repetir. En el pueblo nadie se espantó con aquel trasiego de almas, tan acostumbrados como estaban a las extravagancias y excentricidades de la vida corriente y común. Cuando alguien se comportaba raro o se iba de los sitios sin pagar, apuntaban las deudas en una libreta, si acaso comentaban “muy Segundino anda éste últimamente”, y volvían a sus cosas.