jueves, 25 de noviembre de 2010

Mariana.

















     El mediodía sorprendió a Ramón de regreso a Chiquilá después de una decepcionante jornada de pesca. “La Mariana”, el barquito que él mismo construyera con la ayuda de su padre cuando era apenas un chamaco de flequillo despeinado y sueños de capitán, surcaba las aguas tranquilas dejando tras de sí un alboroto de olas y gaviotas que se mezclaba con el ronroneo diabético de un motor ya senil.

     Ramón frunció el ceño midiendo la distancia aproximada a tierra y, haciendo visera con una mano, estableció luego la posición exacta del sol. A unos tres kilómetros de la costa comentó como para sí “Llegamos…”, viró la proa en dirección al mar y apagó el motor. El barco brincó aún unos segundos, con carraspeos y toses de tísico, antes de detenerse completamente.

-P´tamadre!... Poca vida te queda, Mariana… ya vamos para viejos.

     Echó el ancla fijando la posición del bote, encendió su pipa y sentándose a proa con los pies colgando, se dispuso, como cada miércoles, a esperar.

     Fumó esperando con ese aire ovino que le anida en la mirada a aquellos que miraron demasiado tiempo el mar. Esa indiferencia, esa certeza.

     Un pequeño pez saltó, brilló un instante al sol y volvió a su mundo de agua. Luego, nada, sólo tiempo y mar.

     Al rato, un pelícano y una gaviota vinieron a posarse hambrientos a estribor y se quedaron mirando a Ramón, como esperando el menú.

-Pueden ustedes buscar cuanto gusten, señores. Hoy no agarré ni para un taco –les dijo riendo.

     Doña Gaviota graznó decepcionada y emprendió el vuelo. Don Pelícano, indiferente, se rascó un ala. Don Ramón encendió otra pipa. Luego, otra vez, se hizo un silencio de olas.

     De pronto algo pasó como una exhalación rozando la quilla, dos veces. Una de ida, otra de vuelta, como besando al barquito en ambas mejillas… (muac, muac). Ramón escupió lejos, sonriendo.

     Después, como a cámara lenta, el torso de una mujer fue surgiendo de la superficie del mar. La piel dorada brillando al sol, el cabello negro derramándose como una cascada por su espalda. Se quedó muy quieta, balanceándose como un corcho a unos dos metros por delante de Ramón. Clavó en él sus enormes ojos azules con una sonrisa en las pestañas.

-Te estabas tardando, Mariana.

     Ella contestó con un sonido como de ballenas a lo lejos. Luego carraspeó suavemente un par de veces y dijo:

-Hola Ramón. Muy feliz soy de verte.
-Hola, pececito. ¿Qué tal la pesca ahí abajo?
-Abajo bien, ¿y afuera?
-Nada, absolutamente nada… P´tamadre!

     Mariana rió con su risa de delfín, dio una cabriola en el aire y se zambulló en el agua. Luego volvió a asomar su cuerpo de mujer. Se miraron. Ramón, de nuevo, rompió aquel silencio de miradas.

-He estado pensando mucho, Mariana. No voy a volver. Estos amores a medias me están volviendo loco. 
-Ven conmigo,… ahora.
-No, Mariana, no es tan fácil…
-¿Por qué? Ven, ahora. Nada en tierra te retiene ya.
-Qué sabrás tú, pescadito.
-Yo sé todo. Tú has dicho a mí muchas veces.
-Ya… ¿y cómo demonios voy a hacer yo ahí abajo?
-Podemos hacer que uno de nosotros seas. Sabemos cómo. Ese derecho te ganaste cuando salvaste al pequeño Sinkl. Ellas lo han aprobado. Te esperan. Ya te lo dije.

     Ramón se quitó de un manotazo la raída gorra de capitán y se rascó inquieto la cabeza. Luego, lentamente, volvió a prender su pipa.

-Y, dime, pescadito… ¿Cómo chingados le haría para fumar ahí abajo?

-Como un niño eres. Veneno es, eso te mata.

     Él sonrió inclinando su cabeza con los ojos cerrados. Dio una profunda chupada a su pipa. Luego dijo:

-Esto no mata, Mariana,… la vida mata.

     Ella volvió a sumergirse durante unos segundos. Al emerger de nuevo llevaba un erizo de mar entre sus manos.

-Ven, Ramón, yo te voy a enseñar todo. Estarás conmigo. Ven.
-No, ahorita no.
-Tiempo ya no tengo, vernos así ya no podremos más. Ellas no lo permiten, nerviosas están. Si no vienes ahora, tal vez volver más no pueda. Tal vez… nunca.
-Ta bueno, pececito, ta bueno. Ve.

     Con un golpe de su cola, Mariana salió despedida hacia arriba y dio un giro sobre sí misma muy por encima de Ramón. Suspendida en el aire emitió un silbido de delfínes que sobresaltó a Don Pelícano, aún posado a estribor, y a tres ostras que se aburrían en las profundidades. Luego se zambulló salpicando a Ramón en ambas mejillas, como besándole… (muac, muac).

-Esta mujer es hermosa de la cabeza a la raspa –comentó Ramón para sí. Luego se rió de su propio chiste.

     Se quedó pensativo, chupando su pipa mojada. Miró hacia tierra entornando los ojos para enfocar mejor. La isla de Holbox se intuía a lo lejos, atareada en sus cotidianidades. Mientras, el sol, haciéndose el despistado, iniciaba su camino al ocaso. Luego miró el mar, al horizonte. Después buscó con la mirada el lugar donde Mariana se había sumergido. Espuma, burbujas… un rastro ya apenas visible.

     Amagó el gesto de llevarse la pipa a la boca y quedó malogrado a mitad de camino, como una estatua de sal. Miró su pipa. Miró hacia la isla. Miró su pipa. Miró hacia el mar.

P´tamadre... –dijo entre dientes.

     Entonces se levantó y arrojó la pipa con todas sus fuerzas hacia el cielo. La pipa describió un amplio arco antes de caer al mar con un apagado “blop!”.

Después, lentamente, comenzó a desprenderse de sus ropas.

 

9 Dejaron su rastro:

impresiones de una tortuga

Cuantos se habrán perdido entre la espuma y el mar, en su propio mundo de agua, porque... ¡la vida mata!.
Saludos, Kun*.

Su

Está de p´tamadre!... Besitos

Torcuato

He saboreado este cuento oliendo la sal del mar. Mejor dicho, estaba allí, sentado en el otro extremo de la barca, por un lado intentando decirle a Ramón que no saltara y por otro, que ¿a qué esperaba para saltar?.
Este es un cuento adulto, y como tal, ideal para los niños. Me ha encantado, en el amplio sentido de la palabra.
Un abrazo, Kum

Puck

Me ha gustado mucho, de la cabeza a la raspa de este cuento triste. Y la imagen es impresionante.
Saludillos

Kum*

Gracias a laslos cuatro por vuestras palabras y vuestro tieeeeeeeempo. Sé que no es un micro, precisamente.

besos con sabor a sal.

Maria Coca

Muy lírico. Me gusta el desenlace final, en el que vencen los deseos. Un cuento que habla de sueños y realidades. Precioso, Kum.

Besos del azul al negro.

Anónimo

Hola corazón¡¡

Que gustazo la ventana abierta en tu blog mirando el mar azul e infinito....preciosa foto.

Bonito cuento marinero. Me da pena la barquita....que se queda sóla en altamar sin su patrón. Yo soy así. Tengo sentimientos hasta por cosas inanimadas. Para mi todo tiene alma.

Te puedo asegurar que si me sale del agua un sireno de pelo negro y ojos azules, hablándome con ese acento de niño me voy con él.

Muy tierno y luminoso el cuento. He visto mucha luz en él.

Un besote de nieve. Aquí está nevando.

Anita Dinamita

Querido Kum* He llegado a tiempo a leer este cuento de lobos y sirenas, merece la pena el tiempo que lleva, tanto que como dice Tor, voy a contárselo a mis hijos... con mis palabras si te parece :)
Tenía ganas de saludarte y de pasarme por aquí, todo en uno, o en dos como prefieras
Un abrazo desde mi paraíso isleño
Ana

Kum*

Sí, María. Vencen los deseos. Vence lo importate.

Gracias, Oma, por saber ver la luz que hay en el cuento.

Ana. No sé qué decirte. Contarle este cuento a tus hijos será sin duda el homenaje mas bello y el uso más hermoso que tenga o reciba jamás este cuento... y yo mismo.

Besos de mar.

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