martes, 16 de agosto de 2011

Cuentos de Amador.

4. El Pulga.


















 
Tuvo un nombre difícil de recordar, una madre casual y una ausencia irresoluble como figura paterna. Su paso por el mundo fue tan discreto que aún hay en el pueblo quien asegura que nunca existió del todo.

     Nació tan sin hacer ruido y tal fue desde el principio su talante reservado que hicieron falta trece azotes y un pellizco para que emitiera algo así como un balidito de oveja y la comadrona quedara por fin satisfecha. Cuando le preguntaron a su madre cómo se llamaba el niño, ella, reconociendo en el bebé la mirada extraviada del padre, a punto estuvo de contestar que Anselmo. Pero no fue así. Se tragó los remordimientos de su pecado mortal y, mordiéndose la culpa en los labios, marcó al niño de por vida con un nombre fácil de olvidar y apellidos de expósito.

     Al quedar embarazada, Gertrudis había tenido que abandonar con urgencia y para siempre la casa parroquial donde durante años se encargara de calentarle la casa, el caldo y la cama al santísimo Padre Anselmo. Aquella huida le rompió el alma, los anhelos y las ganas de vivir, y aunque siguió respirando, dejándose consumir poco a poco por la carcoma del tiempo, su existencia y sus vacíos adquirieron pronto cierto tufo a cementerio que no la abandonaría hasta el final de sus días.
    
     Sólo una vez se la volvió a ver en el pueblo, cuando cinco años después, en la estación de las lluvias, se bajó del autobús veinte años más vieja con una maletita de cartón colgando de una mano y trayendo de la otra a un chamaco flacuchento y cabezón que llevaba en el estar cierto aire desapercibido. Nadie la reconoció ni reparó en el muchacho. Caminaron bajo el aguacero, arropados por una niebla que los cubría de olvido, hasta llegar a una puerta al final de un callejón donde Gertrudis tocó tres veces dejándose en cada golpe el poco alma que le quedaba. Luego le dijo al chiquillo “espera aquí”, le dio un beso distraído y desapareció para siempre de su vida entre viento, tarde y lluvia. Al abrir la puerta, al Padre Anselmo casi se lo lleva el susto de encontrarse con sus ojos en el rostro de aquel niño que se rascaba embarrado, aquel pajarito mojado que de alguna manera parecía no estar allí. Con el corazón brincándole aún bajo la sotana, le preguntó al chiquillo cómo se llamaba, olvidó su nombre un instante antes de escucharlo y, a empujoncitos, algo así como con asco, le fue metiendo en la casa dejándole en manos de las monjitas que cuidaban a los huérfanos de la última guerra. 

miércoles, 13 de julio de 2011

Cuentos de Amador.

3. Segundino.















     Segundino Meléndez llegó tarde a vivir su vida. Cuando quiso darse cuenta ya no hubo manera. Se acodó en la fuente de la plaza fumando de medio lado y se dispuso a pasar así las eternidades de un tiempo sin rumbo. Observaba atentamente los quehaceres cotidianos de sus paisanos y, al menor descuido, allanaba una vida ajena y la vivía durante unos días hasta que la rutina de una existencia mortal le aburría o alguien denunciaba la tropelía. Entonces, sin alborotos, desalojaba aquella vida dejando las facturas sin pagar y volvía sereno a su fuente.

     Vivió así muchas vidas sin vivir ninguna suya. Probó todos los oficios, tuvo todas las edades y sólo una vez fue mujer. Tan extraño se sintió en un cuerpo diferente que antes de poder saber dónde estaba cada cosa volvió corriendo a su plaza jurándose no repetir. En el pueblo nadie se espantó con aquel trasiego de almas, tan acostumbrados como estaban a las extravagancias y excentricidades de la vida corriente y común. Cuando alguien se comportaba raro o se iba de los sitios sin pagar, apuntaban las deudas en una libreta, si acaso comentaban “muy Segundino anda éste últimamente”, y volvían a sus cosas.

martes, 5 de julio de 2011

Preguntas...

 


















-Disculpe, ¿Puedo hacerle una pregunta?
-Obviamente sí. Ya lo está usted haciendo.
-¡Oh!…, sí, sí, claro, usted perdone. ¡Ejem!, Entonces… ¿cómo se gana usted la vida?
-¿Ganarme la vida?... no sé a qué se refiere. La vida me la gané cuando me nacieron sin preguntarme.
-Hmmm... Creo que no me ha entendido, déjeme preguntárselo de otra manera. ¿A qué se dedica?
-A vivir.
-Ah, ya, claro, pero… ¿Qué hace, es decir, en qué invierte su tiempo?
-No le entiendo. El tiempo no se invierte, caballero. Siempre es hacia adelante.
-¿Qué?... ah, bueno, sí… quiero decir, ¿Qué hace para,… en fin, qué hace?
-Dejo que la vida viva a través de mí. 
-….Oiga, no responde usted a mis preguntas.
-Tal vez no haga usted las preguntas adecuadas.
-¿Ah, no?
-En realidad, ni siquiera parece usted tener sus propias respuestas. Así no encontrará nunca las preguntas.
-¡Es usted un impertinente!
-…Gracias, caballero. Ahorita, si me permite, tengo que seguir atardeciendo con el día.

jueves, 30 de junio de 2011

Piratas.

















     Hacía años que no le ocurría. Había olvidado ya cómo era eso de soñar sin anuncios. Aquella noche, sin embargo, tuvo un sueño como los de antes, sin interrupciones para la publicidad. Al amanecer despertó descansado, un tanto perplejo,… algo así como feliz.

     Mientras preparaba el té para el desayuno llamaron a su puerta. Entonces empezó todo.

     Dos agentes del Ministerio de Cultura, Control y Seguimiento (M.C.C.S.), luciendo el bigotito oficial y vestidos de negro enterizo, le hicieron entrega de la denuncia correspondiente.
      —Ha violado usted la Ley de Protección de Derechos de Autor en su artículo tercero barra cincuenta y cuatro bis, así como la Ley de Consumo Supervisado en su sección tercera, artículo setenta y dos barra uno, uno, siete, cuatro, tres, seis, barra cuarenta y siete b. En estos momentos le está siendo retirada de su cuenta corriente personal la cantidad correspondiente a la sanción asociada a dichas faltas. Así mismo deberá usted presentarse mañana a las 11:33 horas en las instalaciones del M.C.C.S. para cumplir con el proceso de reeducación personalizada aconsejado en estos casos. Si tiene alguna declaración que hacer o no está de acuerdo con la anterior información, deberá acompañarnos inmediatamente a las instalaciones del M.C.C.S. para formular la correspondiente reclamación, previo pago de las costas que dichas gestiones generarán al citado Ministerio. ¿Ha entendido bien todo lo que se le ha dicho? —y sin darle tiempo a contestar, concluyeron: –Muchas gracias por su atención, que tenga un buen día. Velamos por su bienestar —y desaparecieron dando un portazo.
 
     Se quedó allí un buen rato con la denuncia en la mano como una estatua de sal, mirando la puerta cerrada sin dar crédito a lo que acababa de ocurrirle. Luego, como rompiendo el hechizo, dijo por fin “¡Malditos hijos de puta!” a lo que la voz metálica del ordenador central de la casa contestó “Modere su lenguaje, Sr Sánchez, que tenga un buen día. Velamos por su bienestar”.

     Por la noche, cambiando de postura entre las sábanas revueltas, no era capaz de conciliar el sueño. Temía volver a cometer alguna incorrección si se dormía. Cuando el cansancio le venció al fin, soñó que se conectaba a internet y se descargaba ilegalmente una tripulación entera de corsarios sin permiso de residencia o licencia de saqueador alguna, es decir, exactamente ciento treinta y cinco piratas piratas de parche en el ojo, loro en el hombro y pata de palo, sin registro o copyright en curso.

     Armados hasta los dientes, con un estruendo de naufragio, asaltaron el Ministerio de Cultura, Control y Seguimiento saqueando a su paso despachos y despechos, copiando canciones, quemando cd´s, pirateando películas y reproduciendo, total o parcialmente, libros, cuentos y novelas sin permiso del editor. Liberaron a treinta creadores de las jaulas de sus contratos, se bebieron de un trago los derechos reservados, practicaron su puntería con la propiedad intelectual y arrojaron por la borda, atados de lengua y pluma, a siete funcionarios de bigotito oficial, zapatos de cadáver y traje de enterrador, dejándolos a merced de los tiburones, que esperaban cuatro plantas más abajo en un bufete de abogados sito en el mismo edificio.

     Acabada la rapiña los vio alejarse bajo la lluvia, cantando en francachela, compartiendo la satisfacción del deber cumplido, celebrando alegres las delicias de un trabajo bien hecho.

     Entonces despertó sobresaltado. Se frotó los ojos aún medio dormido y miró el reloj. Aún no amanecía. Un escalofrío recorrió su espalda. En el silencio de la madrugada, alguien vociferaba su nombre mientras golpeaba la puerta con el puño.
 

martes, 21 de junio de 2011

Cuentos de Amador.

2. Lunaluz.



     No había cumplido aún los seis años cuando empezó a percibir que no era como las demás niñas. Su casa, su familia…, su país, se le iban a quedar pronto muy pequeños.

     Sus padres no entendieron nunca su hambre de mundo, la inocencia de sus proyectos imposibles ni sus ganas de vivir. Así, más de una vez le desbarataron los negocios infantiles de limpiar las casas y los coches de los vecinos adinerados o vender en la plaza las papayas y los mangos del jardín. La traían de las orejas e intentaban devolver el dinero, avergonzados. La gota que colmó el vaso de la paciencia paterna fue aquella vez que, aprovechando la ausencia de adultos, vendió todos los muebles de la casa y compró otros más baratos, funcionales y modernos. Entonces le cayeron a los gritos, le prohibieron salir durante un mes y cancelaron para siempre sus clases de ballet. Aquello le rompió el corazón. Encerrada en su habitación, mordiéndose en los labios la frustración y la pena, tuvo una certeza. Pronto se iría muy lejos, sola, donde nadie jamás le prohibiera ser ella misma, ser feliz.

     Su madre, desbordada por el amor que sentía por aquella chamaca indomable, se sabía incapaz de hacerle cumplir el castigo y cometió el imperdonable error de confiarle sus horas de encierro a la tía Gesina, que viejita y medio ciega, le llenó a la niña la cabeza y los anhelos de fantasmas amigos, hadas consejeras y diosas de todas las cosas. Hacía décadas que la anciana vivía en un mundo habitado por espectros y no distinguía ya entre familiares o espíritus. En poco tiempo enseñó a la niña a comunicarse con los seres sutiles, a leer las mentes y a mover los objetos con la mirada, a la vez que a bordar o a cocinar. “Tienes el don, pequeña, vaya si lo tienes” –solía decirle entre el orgullo y la desazón. Cuando sus padres quisieron poner remedio, era ya tarde. Su vínculo con la anciana superaba distancias, atravesaba muros y no entendía de tiempos. Así, se les iban las horas en pláticas telepateadas sobre recetas, amores o conjuros, mientras los progenitores respiraban tranquilos sabiendo a la joven encerrada en su habitación. Era muy tarde. Ella habitaba ya en ambos mundos con la misma certidumbre, sin conflicto o confusión.

     Años después, al morir tía Gesina, se sintió huérfana, abandonada en aquel mundo de seres reales en el que sus magias se consideraban una incorrección, más sola que nunca en una casa que percibía ajena. Una mañana, al despertar, vio al espectro de Gesina a los pies de su cama haciendo así con la mano, como diciéndole adiós, con una sonrisa de virgen triste. Ese mismo día, se despidió de su familia sin nostalgias ni alborotos y se marchó rumbo al mar.

-Perdóname, hija, nadie me preparó para educar a un ángel –le dijo su madre con lágrimas en los ojos el día que se fue para siempre.

sábado, 11 de junio de 2011

Utopía... VI













     El Movimiento se mueve. Nos vamos con la música a otra parte. A todas las partes. Después de una larga y profunda reflexión, de horas de encendidos debates, hemos decidido levantar la Acampada de Sol. Pero nada se acaba, esto es sólo el principio. Seguimos. 

     La Acampada ha sido una herramienta fundamental que ha dado unos resultados que superan con creces cualquier expectativa inicial. Nunca fue un fin en sí misma. Hemos despertado, nos hemos conocido, organizado y hermanado. Hemos, de alguna manera, renacido. Ahora el Movimiento se traslada a los barrios, a los pueblos, a los cientos de asambleas que ya están constituidas. Sol seguirá siendo nuestro símbolo y seguiremos tomando la plaza dos veces por semana en Asamblea General. Seguiremos trabajando cada día, todos los días, de forma más cotidiana,... como debe ser.

    El Movimiento no debe depender del trabajo de unos cientos que lo dan todo en una plaza. El trabajo ha de ser responsabilidad de todas, cotidianamente. Queríamos la participación ciudadana y se han establecido las bases y los medios para que esto suceda. Se ha generado, se sigue generando, el tejido social  necesario para que la gente participe de sus destinos. Será responsabilidad de todas, de todos, que esto continúe. Como debe ser.

     Mañana, domingo 12 de Junio, levantamos el campamento. Será una jornada festiva y reivindicativa, en la que celebraremos lo conseguido hasta ahora y seguiremos sentando las bases de una acción constante, real, inclusiva, popular... de todas (las personas). Es vuestra fiesta. Estáis todas invitadas.

    


     Soy sólo un instante. Una cara entre miles. Un corazón contento entre una multitud de hermanas y hermanos. No hay héroes, ni líderes. Esa es nuestra fuerza, nuestro sello. Somos gente, nada más. Y llevamos la razón. Lo saben, por eso nos detestan. Seguimos, cada día, todos los días.




     La opinión pública no existe. Es sólo un invento de los medios. No me interesa. Me interesa la opinión de la gente, esa sí.

     Podría dedicar cien entradas a desmentir o comentar todas las mentiras, todos los ataques, que hemos sufrido desde los medios de comunicación. Pero hace ya años que renuncié a ellos. La manipulación viene, cada vez, más manipulada. Tal vez el primer paso en este cambio sea volver a tomar posesión de nuestra opinión, de nuestra capacidad de crítica. Le llaman información... y no lo es. Nos quieren distraer del presente con una actualidad manipulada. Apaga la tele, hoy.

     Mienten cuando hablan, por ejemplo, de los comerciantes, con quienes hemos mantenido siempre comunicación directa. Mienten cuando hablan. Pero mienten, sobre todo, cuando callan. ¿Alguien ha oído hablar de la revolución que está sucediendo en Grecia? ¿Del masivo movimiento del pueblo griego? Los medios callan al unísono. Igual que silenciaron lo de Islandia. No quieren que los pueblos retroalimenten sus movimientos. Callan al unísono, toman partido. Mienten, también, con su silencio.



     Atrás quedan mil instantes. Miles de caras, de gentes con las que lo he compartido todo. Todo. Atrás quedan mil anécdotas. Ahora viene el resto. Todo lo demás.

     A partir de hoy este foro, Haikum*..., volverá a ser lo que era. Me pongo mi sombrero y mi nariz de payaso y me siento a esperar. A esperar a las musas. A que, como solían hacer, vengan a soplarme sus historias al oído. Perdonadme, pequeñas, que estuve tan atareado. Fue sólo que me pilló de por medio una revolución... y no supe desaparecerme. Pero ya vuelvo... creo. Esto me ha cambiado tanto...




     Era ya noche cerrada. La lluvia arreciaba y los toldos empezaban a hincharse como panzas de vaca bajo el peso del agua almacenada. Intentando evitar que la tormenta echara abajo el campamento, nos pusimos en marcha. Armados de escobas y cubos, un pequeño ejército de pajaritos mojados achicaban agua mientras otros procurábamos tensar cuerdas y rehacer nudos, trepándonos a las escurridizas farolas.

      A pesar de mis esfuerzos, poco a poco iba perdiendo altura en un vaivén vertical e interminable de trepar y resbalar en mi farolita, subir un tantito y bajar dos. Sintiendo los músculos entumecidos, exhausto, me abracé con todo a la farola intentando recobrar fuerzas, juntar ánimos, para un último intento.
   
     Entonces algo me agarró por las piernas y me alzó sin esfuerzo. Sentí un vértigo leve y una repentina sensación de ingravidez, aseguré mi postura y miré hacia abajo aún sorprendido. Pude vislumbrar, entre la lluvia y las sombras, las enormes manos que me sostenían, unos brazos tatuados que escapaban de las mangas remangadas de una empapada camisa blanca y, un poco más allá, un sombrero negro sobre una maleta posada en el suelo. No pude evitar una sonrisa, cierta euforia y algo tibio calentándome el pecho, acá, justo al lado del corazón.

-Puedes bajarme –Grité hacia mis pies cuando acabé la faena, las cuerdas de nuevo tensas y los nudos asegurados. Igual que me había alzado unos instantes antes, aquel tipo me posó en el suelo suavemente, sin esfuerzo.

-Gracias, compañero, muchas gracias. Has resultado verdaderamente providencial. Soy Karlos* –Le dije tendiendo la mano, después de intentar secarla en mis vaqueros mojados. Él la estrechó firmemente enseguida.

- Oí que andáis montando la revolución –Contestó entonces con la voz tranquila, los ojos entornados por la lluvia y una sonrisa franca sin afeitar –Mi nombre es Amador, ¿en qué puedo ayudar?

lunes, 6 de junio de 2011

Utopía... V
























      Apenas recuerdo mi vida anterior. Mi calma, mi sosiego, mis cuentos, mi no hacer. No importa. Seguimos.

     Veinte días después somos ya cerca de noventa ciudades en toda España, más de doscientas en todo el mundo. Un mundo que no ha cambiado. Un mundo que sigue preñado de otro mejor, de nuestra indignación, de nuestra esperanza.

    


     El sábado 28 de mayo se convocaron asambleas en los barrios y pueblos de Madrid, en cada uno. Cerca de treinta mil personas, en cientos de asambleas, se juntaron para hablar, para debatir, para pensar, conocerse. El Domingo, portavoces de todos los barrios acudieron a Sol a presentar sus experiencias y conclusiones en Asamblea General. Ilusión y compromiso. Desde Bruselas, un mensaje: quieren ser un  barrio más de Madrid. Una energía nueva recorre la plaza como un viento fresco que se lleva los cansancios e insufla fuerzas renovadas. También emoción. Incontenible. Tánto trabajo sirve, tánto desvelo, tánta intemperie. Esto se mueve. Crecemos. Yo, mientras hablan los barrios, los pueblos, me convierto en un sauce. Lloro. Alguien me abraza.

     "Te has pasado siete pueblos... llorando" -bromea más tarde un compañero. Nunca mejor dicho. Entonces río.




     Me tomo cuatro días de vacaciones en el trabajo. Necesito desaparecerme, descansar. No oir ni hablar durante unos días. Perderme en mis montañas, sentarme en mi río. Llenarme de silencio, de bosque. Gredos. Me tomo cuatro días para irme a Gredos.

     Fracaso. Me paso los cuatro días de vacaciones metido en Sol. Full time. Pueden más las ganas de no perderme este momento, este proceso, que el cansancio. Sol me devora y me alimenta. Me acaba y me renueva. ¿Soy el mismo?... sí, pero no. Estoy creciendo.




     Se van sucediendo duras jornadas de debate. Debates profundos en los que se pone de manifiesto lo que ya sabíamos. Nos une el hartazgo ante un mundo, un sistema, que no queremos. Las soluciones, las alternativas posibles, son sin embargo diversas, múltiples, en los fines y en los medios, en las formas y en el fondo. Somos prójimas... pero también muy diferentes. Hay quien ve la necesidad de actuar ya, en puntos concretos. Trabajar sobre un manifiesto de mínimos que nos una en la movilización usando los canales que el sistema nos brinda. Hay quien piensa todo lo contrario. Que no puede haber prisas, que el primer triunfo es estar, que hay que construir el tejido social que haga posible el verdadero cambio. Hay quien se conforma con algunas reformas en el sistema y también quien no quiere oir hablar de eso. Hay quien opina que Sol ya ha cumplido y que hay que empezar a pensar en el desmantelamiento de la acampada sin que ello suponga el fin de nada y hay también quien dice no nos vamos.

     Y yo digo que no hay problema, que la diversidad no es negativa, que es, simplemente, inevitable, real. Que probablemente sea presuntuoso hablar de "la voz del pueblo" porque el pueblo tiene muchas voces y que tal vez debamos aprender que a este movimiento no se le puede buscar una voz, un manifiesto, unos mínimos aceptados por todos, sino que deba ser una base, un tejido, desde el que se actúe de forma autónoma y coordinada desde las diferentes sensibilidades, formas y fondos.

     Y, claro, eso puede sonar a chino. Tenemos muy interiorizado el espíritu del sistema que queremos cambiar. Sus prisas, su pensamiento único, su individualidad. Tal vez, ahorita que nos hemos parado a pensar, a hablar, a escucharnos, debamos construir nuevas formas de aceptar la diferencia y saber gestionarla sin que la acción directa estorbe al largo plazo y abrazar la diversidad como algo enriquecedor, con espíritu inclusivo, en lugar de temerla. No es fácil, claro. Y estamos acostumbrados, educados, en lo fácil, en el pensamiento único excluyente.

     El debate no debe paralizar la acción, pero no podemos permitirnos que la acción nos distraiga del debate necesario. Si la revolución no nos cambia por dentro... no es tal revolución. Debe haber espacios y tiempos para la interiorización.

     La ilusión sigue intacta. Sabíamos que no iba a ser fácil. Seguimos, cada día, aprendiendo de nuestros aciertos y nuestros errores. Seguimos educándonos unas a otras. Cada día, todos los días.




     Las compañeras han empezado ha llamarme "Mr. Consenso" y me reclaman, a veces, para moderar discusiones imposibles. ¿Veis?... no puedo evitarlo. Siempre termino haciendo el payaso, por mucho que me quite la nariz.




     Las mismas televisiones que nos amaron, los mismos medios que nos cortejaban, nos cagotean ahorita. Casi nos matan de fama. Ahora nos difaman. Da igual. Nunca me importó lo que los medios dijeron. Ni en esto ni en nada. Mienten, manipulan. Siempre, de una forma u otra. Ya conocéis mi opinión al respecto. Apaga la tele. Baja a tu plaza. No es un eslogan. Yo vivo así.




    Mi querida panda de majaras: Extraño mi vida. La mía. Me falta tiempo para muchas cosas. Para contestar, por ejemplo, vuestras muestras de apoyo y cariño. Os pido disculpas. Estoy seguro de que comprendéis mis ausencias. Os leo y vuestras palabras, vuestros relatos también, son mi sosiego en los minutos que le robo a la revolución. Aunque no me veáis... estoy, os quiero... y os extraño. No sabéis cómo. Tal vez pronto vuelva a mis cuentos. Tal vez esta sea mi última crónica-utópica. No lo sé. Mañana no existe.

     La mochila negra se me ha pegado a la espalda. Forma ya parte de mí. Dentro, junto al kit de la revolución, llevo dos libros. Me dan aire, me consuelan. Me sosiegan, me acompañan. Gracias, Patricia. Gracias Ángeles. De corazón.

    Y gracias de corazón, mi admiracion y respeto, a todastodos las que estáis de una forma u otra, aquí y allá, participando en este movimiento. El nuestro, el de todas.




     Apenas recuerdo mi vida anterior. Mi calma, mi sosiego, mis cuentos, mi no hacer. Apenas la recuerdo,... y la extraño.

     Hasta pronto, se os quiere.

sábado, 28 de mayo de 2011

Utopía... IV



     Ayer viernes, las compañeras de la acampada de Barcelona dieron una lección de coraje, civismo, movimiento pacífico... de valentía. Después del salvaje intento de desalojo, la gente volvió a tomar la Plaza de Cataluña. Allí siguen. Seguimos.

     No tengo palabras para expresar mi repulsa a las fuerzas policiales y a quienes ordenan semejante atrocidad desde sus confortables despachos. Tampoco para expresar mi admiración y mi solidaridad con la gente. No hay palabras.

     No hay palabras para explicar esto.

     Seguimos, cueste lo que cueste.

     Tengo el corazón a la intemperie.
   

miércoles, 25 de mayo de 2011

Utopía... III


















     Hola a todastodos.

     Disculpen las molestias pero, pese a quien pese,... seguimos aquí. En Sol.

     Es posible que ya no nos saquen en la tele, que no nos den la primera página, que no seamos ya la comidilla ni la novedad. Pero sentimos comunicarles que seguimos aquí. Trabajando sin descanso, duro, cada día, todos los días. Organizándonos, conociéndonos, consensuándonos. Cada día. Todos los días.

     Estamos proponiendo asambleas en los barrios, en los pueblos. Entregando el testigo a su legítimo dueño. A la gente. No nos vamos. Seguimos aquí. Y seguiremos incluso cuando ya nadie nos recuerde. Cuando nos hayamos ido. Porque las revoluciones nunca mueren, porque siempre nos enseñan algo. Y este movimiento, acabe cuando acabe, termine como termine, nos está educando a todas por el mero hecho de estar sucediendo.

     Cada día. Todos los días.

     "¿y a tí, cómo te gustaría que acabara todo esto?" -me pregunta una joven, apenas una niña. "Esto no se acaba, hermana. Siempre va a estar en nosotras. Muy adentro. Para siempre".




     Ya más de una semana con la dieta de la revolución. Comer cuando te acuerdas, dormir casi nunca... y mucho Sol. Ni en el Caribe mexicano se me mete tánto Sol dentro. Ni en mi rincón tranquilo se me quemó así la cara. Estoy lleno de imtemperie, de gente bella, de sueños y tareas, de revolución.

     Estoy feliz y exhausto. Tal vez más lo primero que lo segundo... y tambien, viceversa. Tengo el corazón contento, el cuerpo cansado y la mente embotada, como mensa. Me cuesta pensar y se me olvidan los mandados. Por eso me cambio de grupo. Empecé trepando farolas, barriendo, montando. Luego organizamos las asambleas, cada vez mayores, de mil, de cuatro mil personas. Ahorita que todo funciona como un reloj, necesito descansar... la mente. Ahorita me dedico a dar masajes a las compañeras que lo necesitan. No importa qué se hace, cómo se echa una mano... lo importante es estar. Aquí, ahora. Cada día. Todas juntas... seguimos.

     Me viene un pensamiento que me hace reir: Una vez, antes de todo esto, una ranita encantada me llamó masajista de almas. Tal vez, si me viera ahora, me diría masajista de revoluciones.




     Otros, desde sus pedestales, nos han llamado de todo. Títeres del Psoe, de Eta. Marionetas de una mano en la sombra que ideó todo esto en el mismo despacho en el que se piensa ahora cómo pararnos. Nos llaman más cosas. No les gustamos, y es que no les gusta la soberanía popular. La temen, les parece obsceno, les da asco. A unos y a otros. No me importa. Esto está sucediendo, eso es lo importante. Estando aquí uno se da cuenta de que nadie nos maneja. La gente es soberana. Aquí. Ahora. Mañana no existe.

     Nos llaman antisistema. Bien, conmigo aciertan. Siempre me sentí antisistema. Anti-este-sistema, claro, siempre. No es saludable estar bien adaptado a un sistema profundamente enfermizo, enfermo. Creo que fue Krishnamurti quien lo dijo. Pienso igual. Nos venden la imagen de descerebrados rompiendo escaparates. No. No rompo escaparates. Soy, profundamente, antisistema. Claro.




     Echo de menos mis cuentos. Las musas vienen a soplarme al oído y me pillan barriendo las calles de la revolución y les tengo que decir "ahora no, ¿no veis que ando ocupado?", o se equivocan de oreja entre la multitud.

     Echo de menos mis cuentos. Pero estoy viviendo el más bello. El de la gente en la calle. El de la gente despierta. El de la voz del pueblo.




     Me fallan las fuerzas. No les aburro más. De otra forma, a su manera, con su pluma de oro, nos lo está contando también Enrique Páez en su bitácora. La voz de Sol, la podéis encontrar aquí.

     Ahorita les dejo, mis queridas amigas y amigos. Permítanme morirme un rato. Al rato me esperan en Sol. Y es de mala índole hacer esperar a la revolución.

     Chau. Se os quiere.
    

jueves, 19 de mayo de 2011

Utopía... II












     Llego a casa. Es ya muy tarde. Estoy molido. Me duele todo. Tengo el alma feliz. Pienso en acostarme,... pero antes, quiero contaros.

     El campamento que volvimos a montar ayer permanece. Se decide en asamblea mantenerlo hasta el viernes o el sábado. Todos los días, a las 20:00 horas, concentración. Todo el mundo en Sol.

     Se han formado comités, comisiones, grupos de trabajo. De acción, de coordinación interna, de alimentación, de limpieza, de infraestructura. Durante toda la mañana, entre ojeras y legañas, se suceden asambleas. Allí tratamos desde los objetivos y los medios de lograrlos hasta los detalles más domésticos de "hay que dejar dormir por la noche, compañeros", "hay que coordinar mejor las comisiones" o "aquí no se bebe, esto no es un botellón". Las comisiones funcionan... cada vez mejor.

     Llega la noche. Miles de hermanos y hermanas. Cientos de miles. Otra vez. Y con la noche, los gritos, los abrazos, los besos, la emoción. Lo estamos haciendo. Está pasando. Aquí, ahora. No les ha servido prohibir la concentración. Aquí estamos. Nos quedamos.

     Llegan noticias de otros campamentos en España. Estamos ya unidos en tiempo real gracias a las nuevas tecnologías. Y, de pronto, noticias de París, de Londres, de Berlín. Se ha extendido. Estamos también en Europa. En Bruselas los han levantado a la fuerza. Lo volverán a intentar. Ovaciones, más abrazos. Lágrimas. Más noticias. Estamos también en Buenos Aires. "Tranquilos, compañeros, está por confirmar".

     Cientos de miles. Todos bellos. Conscientes. Felices.

     Un chaval joven, flaco, despeinado, se me acerca (imposible estar más cerca... ni más lejos, no hay espacio). Nunca lo había visto. "Tengo miedo" -me dice en la intimidad, rodeados de cien mil hermanos -"nos pueden masacrar a todos". Yo lo miro mirarme, sonrío, y le susurro al oído "hoy no se me ocurre mejor forma de morir". Él abre mucho los ojos. Me abraza fuerte. Se va.

     No hay partidos, ni banderas. Sólo gente. Haciendo su revolución.

     Hoy somos más. Sabemos que allá, arriba, nos miran con preocupación, con furia. Da igual. Aquí estamos. Para siempre, hoy. Mañana no existe.

     Quería contároslo. Ahora me puedo morir tranquilo... un rato, hasta mañana. Luego tengo que volver a mi Plaza. A la de todos.

     Ahora me voy. Se os quiere.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Utopía...




















     Hoy no vengo a contaros cuentos.

     El payaso Kum* se ha quitado la nariz y el sombrero. Ahora soy uno más. Como siempre. Unos más entre los miles que están en la calle diciendo basta.

     Ayer, a la vejez viruelas, me la pasé trepando farolas, amarrando cuerdas, levantando tiendas hasta que las fuerzas me aguantaron. Aquí, en la Puerta del Sol de Madrid.
 
     Seguro que ya lo has visto en la tele. Estamos aquí exigiendo un cambio. Este es un movimiento sin banderas, sin pegatinas. Ajeno a partidos mafiosos o sindicatos subvencionados que son, a la sazón, un engranaje más del sistema. Es un movimiento de gente, de ideas, de anhelos. Queremos cambiar el mundo. Este, el de aquí. Ahora.

     Sé que todo esto puede sonar a utopía. No hay problema. Siempre he dicho que las utopías lo son sólo porque no las intentamos. Yo soy perro viejo. Sigo siendo un soñador... pero no  me engaño. He estado en muchas batallas y las he perdido casi todas. Da igual. Hay luchas que hay que dar aunque estén perdidas de antemano. Hay que darlas porque hay que darlas.

     ¿A dónde llegará este movimiento? No lo sé. Mañana no existe. Ahora estoy haciendo lo que siento que hay que hacer. Estar aquí, ahora. Donde está la gente.

     Durante unos días dejo de escribir cuentos para vivir el más bello de los cuentos. El de la gente en la calle. El de la ilusión.

     Mañana... vemos.

     Tal vez en tu ciudad esté pasando lo mismo. Tal vez te apetezca apagar la tele y bajar a vivirlo. Qué bueno.

     Hasta pronto. Se os quiere.
    

domingo, 15 de mayo de 2011

El viajero.























 
     No podía evitarlo. Simplemente sucedía. De pronto saltaba en el tiempo, se esfumaba de su presente durante unos minutos y aparecía aleatoriamente en cualquier instante pasado o futuro, en cualquier lugar.

     Al principio los saltos duraban apenas un santiamén. Le dejaban perplejo, como atarantado, sin saber muy bien qué le había sucedido. Tardó en reconocer los síntomas que anticipaban cada traslación pero con el tiempo fue entendiendo los mecanismos de su excéntrica naturaleza y llegó a tener una vida más o menos convencional, aunque sus desapariciones le complicaran a veces la existencia. Otros tienen caspa… –solía comentar. 

     A cambio, estuvo en lugares y momentos que nadie había visto ni viviría jamás. Pudo, por ejemplo, asistir a su propio parto y conoció la Tierra doscientos años después de la desaparición del último ser humano. ¡Vaya! –pensó entonces– no hemos sido nada.  

     En otra ocasión se encontró consigo mismo veinte años más joven y estuvo tentado de prevenirse sobre las elecciones que le harían sufrir en el pasado que le esperaba, pero algo le dijo que era mejor dejar las cosas como estaban y se limitó a darse un largo y silencioso abrazo. Tranquilo –se dijo quedamente–, todo va a estar bien. Yo ya he estado allí –y se esfumó, regresando a su presente.

     Pero quizás lo más apasionante que le ocurriera jamás, fue aquella vez que saltó más allá de su propia muerte. Después ya no hubo miedos, ni dudas. Sólo paz. 

jueves, 5 de mayo de 2011

La Era del Hombre.
















     Cuenta el cuento que hace mucho mucho tiempo, antes de que el mundo fuera como lo conocemos, los hombres compartían su existencia con otros seres que habitaban las eras por derecho propio.

     Eran los tiempos en que los dioses perdían al dominó con los gigantes y los elfos se encargaban de mantener el equilibrio de todas las cosas. Las hadas eran entonces mensajeras de buenos augurios entre los reinos de la vida y la muerte, los gnomos arbitraban en las leyes naturales y las sirenas hacían las veces de guía en las difusas fronteras de lo real y lo inventado.

     Nadie recuerda cómo fue que unos seres con tan poca enjundia y tan escaso saber como los humanos, fueron tomando parte y voz en asuntos y aconteceres que estaban muy lejos de poder manejar. El caso es que el mundo, los días y la existencia misma, empezaron a perder la memoria, el cabello y la razón, y los magos anunciaron el final de los tiempos y la llegada de la Edad del Hombre.

     Los moradores de aquellas tierras fueron adquiriendo poco a poco la textura de los sueños y hubo quienes habitaron desde entonces en odas, mitos y leyendas en espera de tiempos mejores. Otros se ocultaron para siempre en lo más recóndito de bosques, océanos, cuentos y montañas, mientras los dioses, ya enfermizos, daban lugar a las religiones.

     Dicen que las criaturas más intrépidas se camuflaron en los circos, donde adoptaron oficios e identidades que les permitieron seguir existiendo a cambio de vivir vidas errantes en un mundo inane, donde ya nada es lo que era ni parece lo que es.

     Así, los payasos, que en otros tiempos fueron confundidos con los ángeles, se vistieron con grotescas ropas y ocultaron sus rostros tras máscaras tristes que hacían reír a los hombres y llorar a los niños. Cuenta la leyenda que antes de entrar en los circos, los payasos fueron personajes respetados como guardianes del saber sublime que lleva a la felicidad y que tenían la misión de procurar el despertar espiritual y la lucidez en aquellos individuos que les eran asignados. Entonces se encargaban, no de hacer reír, sino de recordar a la gente olvidadiza cómo se hacía para ser feliz.

     Hay quien dice que aún conservan aquel saber y que siguen guardando a buen recaudo los mapas secretos de los rumbos invisibles y los senderos inciertos que conducen inequívocamente a la felicidad. A una felicidad que aún parece lo que es y que es aún lo que era. Es por eso que se ríen. O que lloran, que para el caso… es lo mismo.

     Todo esto cuenta el cuento y muchísimas más cosas. Pero, ¡Bah…! ¿quién puede creer aún en cuentos en la Era de los Hombres? 
 

martes, 26 de abril de 2011

Cuentos de Amador.





















     Tuvo desde muy chiquito una inclinación natural por vivir que espantó a sus padres y desconcertó a las autoridades escolares. Aprendía con hambre de náufrago y obtuvo siempre las mejores calificaciones, aunque compadreaba con lo peor de cada clase, aprendiendo también en la escuela de la vida. “Ya no sabemos qué hacer con él. Participa en todas las bataholas y si en alguna falta es porque lidera otra mayor o está conspirando en algún dislate mayúsculo. A este chico parece que se le esté acabando siempre el tiempo.” –le dijo un día el maestro a su madre, que en su sencillez no supo dilucidar entre tanta palabra culta si aquello era digno de elogio o de castigo. Para no equivocarse le cayó al chamaco a los cogotazos y luego a los besos, lo sacó de la escuela y lo metió de monaguillo confiándole su educación y su cuidado al viejo párroco del pueblo.

     Amador se tomó aquel nuevo mundo de misterios impuestos e hipocresías innombrables con el mismo buen humor con el que estudiara en su momento las tablas de multiplicar, y devoró las Escrituras con la misma pasión con la que leía en secreto a Copérnico o a Poe. El padre Anselmo intentó durante años meterle en vereda y sacarle a bastonazos aquellas insultantes ganas de vivir. Soportó estoicamente a aquel imberbe indomable que le derrotaba sin proponérselo en debates teológicos que hacían que se tambaleara su propia fe, hasta que un miércoles de ceniza se le descolgó con una blasfemia que hizo al cura recular boqueando al sentir como nunca el aliento del diablo en la cara:

-Dios no está en las iglesias, Padre. Dios está en la vida. Me lo imagino más en las tabernas que entre tanto muñeco de cera.

     Después de aquello, Amador no volvió a pisar una iglesia. Lo apadrinó el Licenciado Villuelas, boticario, veterinario y comunista a partes iguales, con quien aprendió los rudimentos de la sanación y estudió en profundidad las obras completas de Carlos Marx y Federico Engels. Acompañando al doctor, conoció las mejores haciendas y las más humildes periferias, y con el tiempo los vecinos empezaron a reclamar sus consejos igual para el parto difícil de una vaca que para mediar en el reparto justo de una herencia. Abrió una escuelita donde enseñaba a leer y escribir a los muchachos descarriados mientras plantaba en ellos la semilla de la inquietud por la vida. Estuvo preso cuando la huelga de los mineros y lideró la reconstrucción del pueblo cuando llegaron las grandes inundaciones. Cantó con su guitarra en todas las bodas y supo dar consuelo en los funerales. Jugaba al dominó con el sargento Meléndez pero no se calló nunca su opinión: “después de los curas, son ustedes el peor invento del ser humano. Sin ejércitos no habría guerras. Es así de sencillo, mi estimado amigo”. Se le conocieron mil amores de parranda y sólo una compañera. Nunca se sintió solo ni demasiado acompañado y la única enfermedad que nunca llegó a comprender fue el aburrimiento.

-La vida es un regalo al que no hay que buscarle sentidos ni razones. A la vida hay que agradecerle todo, aceptarle los misterios y hacerle el amor sin preguntar –le decía a quien quisiera escucharle.

     En sus momentos más tristes, en los tiempos de sus penas grandes, se le podía encontrar en las tabernas pagando rondas de ron e invitando a todos los parroquianos a brindar con él por la tristeza. “¡Si duele es que estamos vivos!” proclamaba entre trago y trago abrazando igual a putas que a borrachos.

     El día en que enterró a su madre se le oyó decir “necesito ver más mundo” y esa misma noche se fue con una muda limpia y dos panes bajo el brazo, dejando al pueblo algo así como huérfano. Sin él las estaciones pasaron como de puntillas y hasta las putas parecían más tristes. Tardó doce años en volver, y volvió más fuerte, como más joven y tranquilo, como si el tiempo hubiera caminado hacia atrás en su viaje. Traía los brazos garabateados de tatuajes y de la mano a una gitana de ojos grandes que leía las mentes y adivinaba los afanes ocultos. Ella fue su compañera inseparable hasta que una noche sin luna, siguiendo el rumbo de los anhelos de zíngara que los vientos del norte movían en sus ámbitos más íntimos, dejó la aldea para siempre por el camino que daba a los bosques.

     Al día siguiente, Amador miró el pueblo y lo encontró sumido en una sorda rutina que lo cubría todo como una pátina milenaria. Reunió a los hombres a los que enseñara a leer siendo aún unos mocosos pendencieros de flequillo despeinado, les riñó por su falta de ánimo, y juntos pintaron de blanco todas las fachadas y plantaron árboles en las avenidas, dándole al pueblo otra vez aquel impulso vital que Amador llevó siempre consigo allá donde sus pasos le guiaron.

     Una tarde de agosto alguien le preguntó “Y qué… ¿cómo es el mundo?”. “Inabarcable” –contestó –“está lleno de instantes”.

     Cuenta el cuento que al final, cuando la muerte vino a tocarle el pecho con el dedo corazón, que es como la muerte te saca la vida, él la agarró por la cintura y le hizo el amor en su cama. Dicen que así, antes de morir, Amador plantó en el vientre de la muerte la semilla de la vida. 

viernes, 22 de abril de 2011

Inusual.




















     Había algo melancólico flotando en la tarde. Llovía de medio lado. El viento despeinaba los árboles que mecían sus ramas con desgana como diciendo hola o adiós, mientras la bruma dibujaba en el aire signos de interrogación. Sin embargo, ella sonreía. Cruzó su jardín con pasitos cortos, inseguros, hasta llegar al buzón. No hubo sorpresas. Al abrirlo encontró un sobre negro, sin sellos, remitente o dirección alguna. Sólo su nombre escrito en letras blancas,… como cada miércoles. 
 

     Recogió el sobre con mimo protegiéndolo de la lluvia y dejó en el buzón otro igualmente sin sellar y cuyo único distintivo era un asterisco pintado a mano, como despeinado también por el viento. Como cada miércoles.

     El ritual se cumplía desde hacía décadas. Ninguno de los dos recordaba ya cómo empezó aquel amor tan insólito, aquel cartearse sin conocerse, aquel quererse por intuición. Se desconocían del todo y se sabían de memoria. Les separaban dos océanos y un cambio de hora y se amaban de esa forma tan suya… tan inusual. A veces, en sus cartas, discutían sobre quién encontró a quién, quién escribió primero o cómo fue que empezó todo. Se contaban sus risas, sus vidas y sus amores, esperando la oportunidad de conocerse al fin de una forma más patente, más convencional, si se quiere… más real. Se prometieron besarse algún día y sellaron el pacto de ser felices mientras tanto.

-Este cartearse de ustedes le da sentido a mis miércoles. Ya nadie escribe cartas. Si acaso facturas de la luz y apenas algún aviso preñado de malos agüeros –le decía Pablo cada semana y desparecía en su moto de cartero dejando siempre en el aire un poema o una canción.

     Cumpliendo aquel pacto de amor, tuvo una vida plena y feliz, tres maridos, siete hijos y un gato. Se negó siempre a abandonar aquella su casita con jardín, con la secreta intención de estar siempre dispuesta para recibir, llegado el momento, la visita inconfesable que nunca dejó de esperar.

     A base de años, vida y aconteceres, se le fue desbaratando la percepción normal de las cosas. Organizaba tardes de café, dominó y licor con invitados improbables, sentando alrededor de la misma mesa camilla a personajes históricos o inventados, familiares muertos hacía años y otros aún por nacer, junto con espectros forasteros que se sumaban a la velada siempre a última hora. Encontraba sus calcetines bien dobladitos en la nevera, la comida del gato en su taza de té y se sorprendía de pronto paradita a los pies de la cama sin saber si acababa de levantarse o es que se iba a acostar. Y entonces, se asustó.

     Le dio miedo no reconocer a su amor inusual el día que por fin apareciera y, en un momento de lucidez, se colgó del cuello un cartelito a modo de recordatorio que reposó para siempre en su pecho y decía así:

“Besar al señor del sombrero que aparecerá un día en el jardín con un asterisco prendido en la solapa”.

     Aquella tarde de lluvia despeinada, se dispuso a disfrutar de la carta de su amante anónimo como hiciera la primera vez, sentada junto a la chimenea con su gato en el regazo, como cada miércoles. Fuera, el viento y la bruma dibujaban un asterisco en el aire mientras unos pasos inciertos se acercaban a su jardín tras recorrer incansables dos océanos y un cambio de hora. 

domingo, 17 de abril de 2011

Haikum V.




martes, 12 de abril de 2011

Las muchas muertes de Kum* el payaso.















 Aquella tarde lluviosa campaba en la habitación un tumulto contenido de suspiros, ruido de sillas y abrazos. Todos sus seres queridos se habían reunido alrededor de su cama. Un suave movimiento de su mano instaló en el aire unos puntos suspensivos…

—Hay algo que quiero deciros… antes de irme —dijo entonces y detuvo con un gesto las protestas de alguno de los presentes—. He tenido una buena vida. Casi diría una vida plena… es decir, dentro de los márgenes de plenitud que permite la ignorancia. Ahora os pido un solo favor: No hagáis de mi muerte una tragedia. Haced que sea, en todo caso, un momento para el recuerdo, la ternura,… para el homenaje si queréis, para el amor o el agradecimiento. No deis cabida a penas o desgarros fuera de lugar o exagerados. Pero sobre todo… no permitáis que mi muerte se haga más presente en vosotros de lo que lo hizo mi vida. No prolonguéis su presencia más allá de lo estrictamente necesario. Si me habéis de recordar, recordadme vivo, no muerto. Os amo, lo sabéis… y ahora, me voy en paz. Adiós.

    Se despidió de todas y cada uno con un beso y poco a poco se fue quedando solo. Entonces, sin prisas, como cumpliendo un ritual, se levantó de la cama y se vistió despacio. Se acicaló por encima y se colocó el sombrero y la nariz de payaso. Sacó una maleta del armario, abrió la puerta y, con la mano aún en el pomo, se giró un poquito, sonriendo de medio lado, y le dijo a la habitación vacía:

—Vuelvo en seguida.

     Y se fue.

     Se dice que le han visto en Tailandia meditando en una playa perfecta, en las selvas bolivianas platicando no se sabe bien qué cosas con un colibrí y danzando entre las rocas en los montes de Gredos. Hay quien jura haberlo escuchado cantar antiguos temas de los Stones en un tugurio chiquito de Katmandú. Se le conocen seis muertes en México, tres en la India, una en Perú y otra en Indochina. Alguien con su nombre amaestró palomas en un pueblito perdido allá en la Argentina hasta que murió de viejo.

     Cuentan también que no acudió jamás a ninguno de sus entierros, alegando siempre algún inoportuno problema de salud. Hay quien dice que aún sigue paseando.