jueves, 25 de noviembre de 2010

Mariana.
















     El mediodía sorprendió a Ramón de regreso a Chiquilá después de una decepcionante jornada de pesca. “La Mariana”, el barquito que él mismo construyera con la ayuda de su padre cuando era apenas un chamaco de flequillo despeinado y sueños de capitán, surcaba las aguas tranquilas dejando tras de sí un alboroto de olas y gaviotas que se mezclaba con el ronroneo diabético de un motor ya senil.

     Ramón frunció el ceño midiendo la distancia aproximada a tierra y, haciendo visera con una mano, estableció luego la posición exacta del sol. A unos tres kilómetros de la costa comentó como para sí “Llegamos…”, viró la proa en dirección al mar y apagó el motor. El barco brincó aún unos segundos, con carraspeos y toses de tísico, antes de detenerse completamente.

-P´tamadre!... Poca vida te queda, Mariana… ya vamos para viejos.

     Echó el ancla fijando la posición del bote, encendió su pipa y sentándose a proa con los pies colgando, se dispuso, como cada miércoles, a esperar.

     Fumó esperando con ese aire ovino que le anida en la mirada a aquellos que miraron demasiado tiempo el mar. Esa indiferencia, esa certeza.

     Un pequeño pez saltó, brilló un instante al sol y volvió a su mundo de agua. Luego, nada, sólo tiempo y mar.

     Al rato, un pelícano y una gaviota vinieron a posarse hambrientos a estribor y se quedaron mirando a Ramón, como esperando el menú.

-Pueden ustedes buscar cuanto gusten, señores. Hoy no agarré ni para un taco –les dijo riendo.

     Doña Gaviota graznó decepcionada y emprendió el vuelo. Don Pelícano, indiferente, se rascó un ala. Don Ramón encendió otra pipa. Luego, otra vez, se hizo un silencio de olas.

     De pronto algo pasó como una exhalación rozando la quilla, dos veces. Una de ida, otra de vuelta, como besando al barquito en ambas mejillas… (muac, muac). Ramón escupió lejos, sonriendo.

     Después, como a cámara lenta, el torso de una mujer fue surgiendo de la superficie del mar. La piel dorada brillando al sol, el cabello negro derramándose como una cascada por su espalda. Se quedó muy quieta, balanceándose como un corcho a unos dos metros por delante de Ramón. Clavó en él sus enormes ojos azules con una sonrisa en las pestañas.

-Te estabas tardando, Mariana.

     Ella contestó con un sonido como de ballenas a lo lejos. Luego carraspeó suavemente un par de veces y dijo:

-Hola Ramón. Muy feliz soy de verte.
-Hola, pececito. ¿Qué tal la pesca ahí abajo?
-Abajo bien, ¿y afuera?
-Nada, absolutamente nada… P´tamadre!

     Mariana rió con su risa de delfín, dio una cabriola en el aire y se zambulló en el agua. Luego volvió a asomar su cuerpo de mujer. Se miraron en silencio, como peces, dejándose mecer.

-He estado pensando mucho, Mariana. No voy a volver. Estos amores a medias me están volviendo loco. 
-Ven conmigo,… ahora.
-No, Mariana, no es tan fácil…
-¿Por qué? Ven, ahora. Nada en tierra te retiene ya.
-Qué sabrás tú, pescadito.
-Yo sé todo. Tú has dicho a mí muchas veces.
-Ya… ¿y cómo demonios voy a hacer yo ahí abajo?
-Podemos hacer que uno de nosotras seas. Sabemos cómo. Ese derecho te ganaste cuando salvaste al pequeño Sinkl. Ellas lo han aprobado. Te esperan. Ya te lo dije.

     Ramón se quitó de un manotazo la raída gorra de capitán y se rascó inquieto la cabeza. Luego, lentamente, volvió a prender su pipa.

-Y, dime, pescadito… ¿Cómo chingados le haría para fumar ahí abajo?

-Como un niño eres. Veneno es, eso te mata.

     Él sonrió inclinando su cabeza con los ojos cerrados. Dio una profunda chupada a su pipa. Luego dijo:

-Esto no mata, Mariana,… la vida mata.

     Ella volvió a sumergirse durante unos segundos. Al emerger de nuevo llevaba un erizo de mar entre sus manos.

-Ven, Ramón, yo te voy a enseñar todo. Estarás conmigo. Ven.
-No, ahorita no.
-Tiempo ya no tengo, vernos así ya no podremos más. Ellas no lo permiten, nerviosas están. Si no vienes ahora, tal vez volver más no pueda. Tal vez… nunca.
-Ta bueno, pececito, ta bueno. Ve.

     Con un golpe de su cola, Mariana salió despedida hacia arriba y dio un giro sobre sí misma muy por encima de Ramón. Suspendida en el aire emitió un silbido de delfínes que sobresaltó a Don Pelícano, aún posado a estribor, y a tres ostras que se aburrían en las profundidades. Luego se zambulló salpicando a Ramón en ambas mejillas, como besándole… (muac, muac).

-Esta mujer es hermosa de la cabeza a la raspa –comentó Ramón para sí. Luego se rió de su propio chiste.

     Se quedó pensativo, chupando su pipa mojada. Miró hacia tierra entornando los ojos para enfocar mejor. La isla de Holbox se intuía a lo lejos, atareada en sus cotidianidades. Mientras, el sol, haciéndose el despistado, iniciaba su camino al ocaso. Luego miró el mar, al horizonte. Después buscó con la mirada el lugar donde Mariana se había sumergido. Espuma, burbujas… un rastro ya apenas visible.

     Amagó el gesto de llevarse la pipa a la boca y quedó malogrado a mitad de camino, como una estatua de sal. Miró su pipa. Miró hacia la isla. Miró su pipa. Miró hacia el mar.

P´tamadre... –dijo entre dientes.

     Entonces se levantó y arrojó la pipa con todas sus fuerzas hacia el cielo. La pipa describió un amplio arco antes de caer al mar con un apagado “blop!”.

Después, lentamente, comenzó a desprenderse de sus ropas.

 

domingo, 21 de noviembre de 2010

Señales.











     Sentado en su playa perfecta, con la mirada perdida en un mar en calma teñido de todos los azules, sintió súbitamente algo cercano a la plenitud. La selva, a su espalda, apoyaba los codos en la arena bajo un cielo preñado de tormentas.

     Miró a ambos lados. Nadie.

     Vio una ola llegar... e irse, como cumpliendo un cometido. “Acaba de pasar otro segundo” –pensó, cerrando los ojos.

     Durante unos instantes simplemente se dejó estar, abismándose en su espacio interior, escuchando su respiración.

Pasó otro segundo.

Fue abriendo luego sus sentidos al arrullo del mar, al tacto del viento y la arena, al olor de la sal… al sabor de la vida.
 
     Abrió suavemente los ojos y susurró “gracias…”.
 
     El agudo graznido de una gaviota al pasar rompió el momento y algo golpeó suavemente su cabeza. Luego lo sintió gotear caliente y viscoso por su frente, por sus sienes.

     Prorrumpió entonces en sonoras carcajadas mientras pensaba: “respuesta correcta”.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Cantos de cisne.













     Llevaba en la cara una pena extraviada, olvidada hace tiempo, una sonrisa dejada para más tarde y las marcas mal cuajadas de una vida canalla.

     Al borde de un coma profundo pensó en terminar de acabar... pero en vez de saltar, se compró otra guitarra.


Gracias, Puck.

jueves, 11 de noviembre de 2010

El discípulo.


     















     Sentado a la vera del maestro adquirió el poder de la contemplación, del no hacer. Encontró el equilibrio perfecto entre la quietud absoluta y el movimiento exacto y aprendió el desapego, la plenitud de la sencillez y arte de calmar la mente y la respiración sin dejar de estar siempre alerta, consciente de cada instante, de cada acontecer.

     A cambio no tuvo nunca que pagar nada ni abrazar dogma alguno. Simplemente, dos veces al día, le preparaba un pequeño cuenco de comida.

     Lo único que no consiguió aprender de su maestro, por mucho empeño que puso a lo largo de los años, fue a ronronear.

martes, 9 de noviembre de 2010

Zentido.


-Entonces, mi querido maestro…
¿Cuál es el sentido de la vida?

-Ese –contestó el anciano, señalando hacia adelante.



domingo, 31 de octubre de 2010

Diálogo.














-Yo escribo para vivir –dijo el profesional.
-Yo vivo para escribir –replicó el aficionado.
-Yo no escribo, pero vivo –comentó alguien que pasaba.

Uno que miraba no dijo nada… pero pensó.

sábado, 30 de octubre de 2010

Ilusiones.











Por fin llegaron a un acuerdo:

-Aquello de allí es la Luna.

Y, satisfechos, regresaron a sus casas.


Inspirado en el cuadro "Misterios del horizonte"
de René Magritte.    

domingo, 24 de octubre de 2010

Viceversa.













     En el instante en que nació recordaba perfectamente cómo y cuándo iba a morir. De todo lo que habría de acontecerle, de todo lo que durante su larga vida iba a ir aprendiendo, tenía ya nítida memoria.

     A las pocas semanas de edad, cuando pudo por fin articular palabras, se arrancó satisfecho el chupete y ante el asombro de sus progenitores, intentó explicarles la situación.
 
-No, no es que vea el futuro. Simplemente lo recuerdo.

     Y tal y como recordaba que iba a ocurrirle, pronto constató que todo lo que acontecía lo olvidaba irremediablemente al instante, viviendo así una vida viceversa, con el futuro en la memoria y el pasado en la conjetura.

     Con los años fue cumpliendo al pie de la letra el guión marcado por sus recuerdos, evitando los problemas que recordaba que evitaría en su futuro y cometiendo los mismos errores de los que tenía memoria.

     Nunca consiguió salirse de aquel rumbo. Cada vez que intentaba cambiar algo, recordaba súbitamente que ya lo había intentado cambiar en su futuro, terminaba haciendo, sin querer, exactamente lo que su memoria futura le indicaba y entraba en círculos viciosos de paradojas temporales que lo dejaban exhausto. Resultaba inútil intentar evitar lo inevitable. Fuera lo que fuera lo que iba a suceder, en realidad ya había ocurrido más adelante. Lo recordaba muy bien.

-Mi memoria es una aguafiestas –solía decir –nada me sorprende y todo se borra al instante.

     El día en que murió, sus recuerdos alcanzaban apenas un puñadito de horas, el tiempo que le quedaba por vivir. Mientras, el abismo de su pasado se le presentaba como una equívoca laguna de noventa y siete años. Tampoco al final hubo sorpresas. Tal como recordó toda su vida, sus últimas palabras fueron:

-Por fin un poco de misterio…

     Un instante después las había olvidado. Estaba muerto.

martes, 19 de octubre de 2010

Espejos.




















     La suya era una soledad de vecindario. Una soledad sólo concurrida por la modesta multitud de desconocidos con los que compartía las burocracias de una vida sin anhelos.

     Con nadie intercambió nunca nada más allá de un buenos días, algún buenas noches o aquel socorrido cómo está usted, que no requería respuesta.

     Tampoco a nadie contó nunca su problema con los espejos… y exhausto, confuso, a veces se preguntaba:

-¿Seré una suerte de vampiro? ¿Quizás un fantasma desmemoriado?

     Hasta que un día, de pura casualidad, se le desveló el misterio.

     No era, por supuesto, ningún vampiro. Ni siquiera algún tipo de monstruosidad. Simplemente… no existía.

sábado, 16 de octubre de 2010

Haikum III.

jueves, 7 de octubre de 2010

El lector.














     Entró en la sala dispuesto a dar el último masaje de la jornada. Como siempre, el incienso, las velas, la luz tenue y la música, incitaban a la calma, al sosiego y la interiorización.

     La mujer le esperaba ya tendida en la camilla, cubierta con una toalla. La observó un instante, recordando: Sara, masaje relajante. Se aproximó despacio y, suavemente, posó las manos sobre su espalda. Sintió cómo ella se removía perezosamente, sólo un poco, acomodándose, y cómo suspiraba profundo, aflojando el cuerpo. Cerró los ojos y esperó a que las respiraciones de ambos se acompasaran.

     Al retirar la toalla algo llamó su atención. La piel de la mujer aparecía surcada de finas líneas, en todas direcciones, a lo largo de la espalda, las piernas… de todo el cuerpo. Se acercó un poco más, con precaución, para dilucidar la naturaleza de aquellas filigranas. Eran letras, frases… que iban formando un texto, una suerte de relato. Sin interrumpir el contacto de sus manos con la piel, buscó curioso el comienzo de la historia. A la altura de los omóplatos halló el título:

“Mi vida y otros secretos”.

     Sus ojos y sus manos se hicieron entonces prójimos. Mientras unos leían devorando el texto, las otras amasaban, suave pero firmemente, aquella piel hecha para ser tocada. Se dejó atrapar por un relato que avanzaba hacia la adolescencia apuntando ya algo difuso,… un misterio, algo inefable, a la vez que sus manos bajaban hacia las caderas.

     En las nalgas, un paréntesis. Un párrafo indescifrable que hizo el suspense más intenso y el contacto más profundo.

     A lo largo de las piernas, de arriba abajo y viceversa, sinuosamente, la historia dibujaba una madurez prematura, llena de sucesos, fracasos y éxitos, una vida aventurera, valiente y plena, que giraba siempre en torno a una maldición sin desvelar.

     En los talones encontró un salto de página… hasta el cuello, y allí, en la nuca, una nota del autor:

“Por favor, sigue leyendo”.

     Con el aliento en vilo y la voz en un susurro invitó a la mujer a darse la vuelta.

     Al verle la cara sintió un sobresalto. Aquel rostro desconocido le resultaba dolorosamente familiar. Podía reconocer en él a todas las mujeres a las que había amado. De alguna manera estaban ahí, no como un parecido leve sino como una aparición. Los ojos de ella estaban abiertos, inmóviles, fijos en las sombras del techo. Ansioso por seguir leyendo, inquieto, los tapó suavemente con un pañuelo de seda. Sus miradas se encontraron… sólo un instante pleno de confidencias, de complicidades.

     Retomó el relato en los empeines y, de nuevo, subiendo y bajando por las piernas se sumergió en él dejándose llevar por aquella crónica tan ajena como irremediablemente prójima. Sintió espuma en los huesos y la necesidad visceral de desvelar el misterio.

     En las plantas de los pies se deleitó con el tacto, con el intercambio de historias y sensaciones nítidas, calientes. En los dedos, una llamada en forma de asterisco le condujo hasta las clavículas.

     Allí la historia se precipitaba hacia el final haciendo la tensión insoportable mientras sus manos subían y bajaban por los senos. Comenzaron a formarse en su mente imágenes de sucesos que no había vivido, recuerdos de lugares que nunca conoció y cuando se aproximaba a la espiral que las líneas formaban en torno al ombligo, sintió vértigo, miedos forasteros que nunca antes había enfrentado.

     En el vientre, a punto de desvelarse por fin el misterio,… una advertencia:

“Aquel que conoce mi secreto no puede seguir viviendo”.

     Inmóvil, contuvo el aliento sintiendo un latir en sus sienes. Ella separó súbitamente los labios y exhaló despacio emitiendo un tenue suspiro.

Dudó aún un instante… sólo un instante eterno.

Nunca, nadie, volvió a saber de él.

sábado, 2 de octubre de 2010

Herencia.


-Papá, ¿cuándo legalizaron la esclavitud?
-Ah, no sé... yo estaba viendo el fútbol.

martes, 28 de septiembre de 2010

Rutinas...













     Temprano en la mañana despierta con el estruendo de los enanos cantando alborotados camino de la mina.

     Ya desvelado, aunque somnoliento, dedica la siguiente hora a buscar sus zapatillas, sus gafas, su reloj… y el resto de bártulos y enseres que durante toda la noche los duendes, divertidos y traviesos, han escondido o cambiado de sitio. No le hace falta verlos,… sabe que a esas horas aún le observan. Puede sentirlo.

     Después recorre las habitaciones dando palmas y espantando a voces a los espíritus que rondan susurrando en los rincones.

-Este runrún de fantasmas no me deja oír mis pensamientos….

     Más tarde, blandiendo su bastón, sale a ahuyentar a la bola de unicornios que cada mañana acuden con las primeras luces y devoran sus flores, desbaratan el huerto y le cagotean todo el jardín.

-Malditos asnos con pincho, vayan ya a joder a otro sitio, cabrones! –les grita huraño.

     Luego prepara el desayuno mientras, a manotazos, dispersa la nube de hadas que revolotean golosas sobre las tostadas y, ya más tranquilo, sale a disfrutar del café caliente y de su primer cigarro, siempre bien protegido bajo el techado del porche. Sabe por experiencia que no es seguro andar al descubierto cuando un pegaso vuela sobre tu cabeza.

     Es en esos momentos de relativa calma cuando, resignado, maldice aquella tarde remota en que tras ver pasar el cometa pidió un deseo:

-Que la magia sea en mi vida. Cada día… siempre.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Causa, efecto...




Hastiada de tanta injusticia, la criatura mató a su creador.
Dios, por fin… se liberó del hombre.

martes, 14 de septiembre de 2010

Ceguera.










     Tenían una misión. Salieron en busca de la verdad.

- Llegaremos tan lejos como sea menester. No volveremos si no es con una respuesta –fueron sus palabras al partir.

     Las estaciones se sucedían lentas en el bosque. En la aldea ya nadie esperaba. 




     Regresaron por fin cuando su recuerdo había adquirido la textura de los mitos, consumidos, harapientos y huraños, con un estruendo de hecatombe, discutiendo ferozmente entre ellos.

-¿Qué es ese escándalo? –preguntó el hombre más anciano de la aldea, ya casi ciego.

- Los buscadores, abuelo. Han vuelto… pero fracasaron. No se ponen de acuerdo. Encontraron tantas verdades como hombres formaban el grupo. Todas diferentes.

-¡Insensatos! –Respondió cabeceando el viejo –su fracaso es el único de los éxitos posibles. Cumplieron con su misión… ¿Es que no lo veis?

     Pero nadie le escuchaba ya. La guerra de las verdades había comenzado.


Este relato fue inspirado por "El Dilema" de María Coca,
...una musa con sabor a mar.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Inercias.

 










      Terminó de escribir un nuevo poema, sacándole, como siempre, verdades a las palabras. Era un poema perfecto. Posó dulcemente su pluma sobre la mesa e hizo así con los hombros para soltar la espalda. Entrelazó luego sus dedos y fue doblándolos despacio hasta sacarles mentiras. Después, con la misma parsimonia, arrugó el papel preñado de su poesía y lo arrojó por encima del hombro. Sabía que era inútil seguir escribiendo, pero no terminaba de hacerse a su nueva condición. La muerte se parecía demasiado a la vida.


 A Don Mario por su cumpleaños... y por todo lo demás.
(Inspirado en el poema "amor de tarde" de Mario Benedetti).

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Ira.


Un portazo a destiempo lo echó todo a perder. Tú ya no estás y yo… lo entiendo.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Coma.




     La sala era amplia. Voluntarios de impecable bata blanca la mantenían siempre limpia y aireada, a media luz. La música y el incienso suavizaban el ambiente protegiéndolo de energías extrañas. Era un buen lugar para estar en coma.

     Como cada día, a la hora habitual, el Dr. Perkins comenzó su ronda vespertina seguido del séquito de pupilos que revoloteaban a su alrededor tomando notas en respetuoso silencio. En la sección de recién llegados se dispuso a seguir el peculiar protocolo de diagnosis que levantara tanto revuelo y le hiciera tan popular en su momento: Se acerca con suavidad al paciente y durante unos instantes olisquea su coronilla examinando su estado mental. Después apoyando apenas sus manos sobre el corazón establece el estado de las emociones. En las rodillas explora los miedos y posando sus manos en la planta de los pies determina el apego que el paciente le tiene aún a la vida. Siempre se refiere a ellos por el nombre de pila y durante todo el proceso se abstrae profundamente, respirando lento, con los ojos suavemente cerrados.

     Tras revisar al primer paciente, como saliendo de un trance, comentó a media voz.

-Bien, tenemos aquí un típico caso de coma convencional. Lorenzo se ha tomado un descanso de la vida, una suerte de paréntesis. Eso es todo. Animen a sus visitas a que le hablen amorosamente. El paciente oye, entiende, siente y es muy probable que al despertar lo recuerde todo. Volverá cuando esté listo.

     Se despidió del paciente acariciando su frente con ternura y se acercó a la cama contigua. Esta vez se tomó más tiempo antes de hablar y repitió la diagnosis yendo varias veces de la coronilla a las rodillas y a la planta de los pies.

-Interesante… -dijo bajando el tono, como hablándose a sí mismo –El caso de Lucía no es un coma propiamente dicho. Es un punto y seguido. Aquí no hay descanso, hay angustia. Por algún motivo todo se ha detenido bruscamente. Sus asuntos están aún sin resolver. Palpen sus rodillas. La paciente tiene miedo, siente vértigo… algo así como unos puntos suspensivos sin nada detrás. Requiere nuestra máxima atención. Supervisaré personalmente las visitas y su evolución. Que alguien tome su mano en todo momento. Hay que calmar esa tormenta interior.

     Se demoró todavía un rato con las manos sobre el abdomen de la mujer antes de dirigirse al último recién llegado. No tardó en dar su diagnóstico.

-Manuel está en paz –dijo con su mano sobre el hombro del paciente –Es un punto y final. Ha resuelto ya todos sus asuntos terrenales. Permanecerá en este estado hasta que decida dar el último salto. No va a volver. Si tocan sus pies verán que está ya muy lejos de aquí… en un lugar acogedor. Buen viaje, amigo –susurró cabeceando con una sonrisa en los labios.

     Despidió a sus estudiantes dando las últimas instrucciones y se acercó después a la cama de Lucía. Tomó dulcemente su mano, cerró los ojos y frunció levemente el ceño. Hoy pasaría la noche con ella.


A Manuel (1972-2010).  Buen viaje...

martes, 31 de agosto de 2010

Soberbia.



     Cada mañana, puntual, surgía del mar pavoneando su luz, tiñendo de colores el mundo, seguro de seducirla. Mientras, ella, en su perpetua quietud, su impecable estar de vigía, deshojaba los instantes del día esperando serena que volviera la noche y, con ella, su amor inconfesable… la Luna.


Este relato parte de la propuesta de Su, "Cuento contigo" . Gracias, Su, por ser nuestra musa, nuestra inspiración... una vez más.

sábado, 28 de agosto de 2010

Miércoles.


     La musa, en su bosque, se quedó sin ideas.

     Mientras, tres mujeres, cada una en su isla, ajenas a su sincronía, escribían el mismo relato, idéntico, simultáneo y prójimo a sí mismo. Un relato sobre tres escritoras que, cada una en su isla, escriben un cuento sobre tres escritoras que escriben sobre una musa en busca de inspiración.

 
     En el bosque… era miércoles.

 Este micro está conectado a través de la magia del miércoles 18 a los relatos:
 Miércoles 18  de Anita Dinamita.
 Miércoles 18  de Su.

viernes, 27 de agosto de 2010

Sequías.



     Llevaba semanas sin conseguir escribir algo que mereciera la pena. Releía textos propios y ajenos, repasaba durante horas su banco de imágenes o navegaba al azar en Internet buscando inspiración. Pero nada conseguía romper aquella obstinada sequía.

     Probó a husmear sin ton ni son en los vericuetos del diccionario buscando una palabra sugerente que le incitara a escribir. Fue inútil,… todas le resultaban tan vacías y secas como su agostada creatividad.

     Desconectó maldiciendo su ordenador y abriéndose paso entre cajas de comida precocinada, pateando latas vacías, y esquivando ceniceros rebosantes de colillas, salió por fin de su estudio. Se vistió con lo primero que encontró en el cesto de la ropa sucia y bajó al bar de la esquina a intentar ahogar su sequía en alcohol. Lo encontró cerrado… miró sorprendido su reloj: Las cuatro de la mañana.

     Entonces… comenzó a llover.

     Alzó su rostro, abrió los brazos vencido y se dejó empapar sin pensar ya en nada. Sintió cómo la lluvia le iba calmando, volviéndolo a su ser, limpiándolo de tantos días de miseria y soledad. Inhaló y exhaló. Despacio… varias veces, sintiendo el camino del aire en su interior como si fuera la primera vez que respirara. Entonces, con las lágrimas fundiéndose con la lluvia en sus mejillas, susurró:

-Qué estúpido… la vida es la mejor de las musas.

     Al regresar a casa desempolvó su vieja estilográfica e, inspirado aún por el nuevo soplo de la lluvia, escribió durante varias horas, durante varias páginas,… hasta quedarse sin tinta.

Dedicado a Anita Dinamita y a Su por aquel miércoles en que las musas se rieron de nosotros.

domingo, 22 de agosto de 2010

Pequeñas muertes.










    

     Estaban destinados a morir simultáneamente en distintos puntos de la ciudad… pero no fue así.

     Cristina debería haber muerto en la balacera que se desató en el supermercado donde hacía habitualmente sus compras, pero una viejita octogenaria, cuya muerte estaba prevista para once años más tarde, recibió en su lugar la bala perdida cuando regresó a buscar el monedero que había extraviado una hora antes junto al estante de los detergentes.

     Luis esquivó sin saberlo a la muerte al ceder amablemente a una bella señorita el taxi que treinta segundos más tarde sería arrollado por un tráiler fuera de control.

     A María le salvó su adicción al tabaco. Estaba previsto que cogiera el ascensor en la novena planta de Gran vía 59 en el mismo instante en que la bala de Cristina era disparada y el camión que debiera haber matado a Luis se quedaba sin frenos. Sin embargo, en el último momento, decidió dejarlo pasar y fumarse tranquilamente el que bien pudiera haber sido su último cigarrillo mientras bajaba tranquilamente por las escaleras y el ascensor se precipitaba desde el séptimo piso haciéndose añicos contra el suelo.

     Ignorantes de estar disfrutando ya de un tiempo prestado, siguieron viviendo atareados en sus asuntos cotidianos.

     En una dimensión cercana, a un susto de distancia, la Muerte se afana en su despacho tratando de enmendar semejante desbarajuste. Diseña un nuevo destino para estos tres escurridizos mortales y busca cómo llenar el hueco dejado por quienes murieron en su lugar para devolver la armonía al espacio-tiempo sin interferir el normal devenir del resto del universo. Mientras, al otro lado de la puerta, tres aprendices en periodo de prueba aguardan lúgubres e inquietas en la sala de espera, sabedoras de que tendrán que volver a gestionar muertes menores, tal vez de seres unicelulares en algún mundo perdido, durante al menos otra interminable, decepcionante y aburrida eternidad.

lunes, 9 de agosto de 2010

Siempre... el silencio.


     Cada mañana, al despertar, brincaba de la cama sin apagar el despertador hasta haber conectado la televisión del dormitorio y se iba espabilando arrullada por el runrún acelerado de las noticias y la publicidad. Luego, mientras se aseaba, encendía la radio y sintonizaba una emisora al azar que llenara con su estrépito el espacio del cuarto de baño. El zumbido del microondas la adormecía en la cocina hasta que sonaba la campanita que indicaba que el café ya estaba listo. Lo bebía absorta, tarareando las canciones que emanaban de su aparato de alta fidelidad con la vista clavada en la pantalla del televisor del salón. Una vez vestida, se colocaba los audífonos del ipod y, sólo entonces, desconectaba todos los aparatos, segura ya de no toparse con ningún silencio indeseado. Así, salía tranquila a su fragor cotidiano y se pasaba nueve horas entre el estruendo de las fotocopiadoras y el alboroto de los clientes, que se desgañitaban haciendo a gritos sus pedidos.

     Al volver a casa, agotada, encendía de prisa todas las luces e iba conectando a su paso televisores y radios, cenaba cualquier cosa, abstraída de nuevo frente a su pantalla de 34 pulgadas y ponía finalmente la música en su cuarto para dormirse tranquila… segura de que el agitado movimiento de sus sueños la mantendría alejada del molesto silencio que, a pesar de todo, no podía evitar intuir por debajo de tanto ruido protector,… acechando entre dos latidos, al final de un suspiro, callado y perpetuo, esperando la oportunidad… de enfrentarla por fin a ella misma.